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La prueba finlandesa

Ante un presente continuo, en el que el paro se convierte en un problema estructural, Finlandia se dispone a ensayar -por primera vez en el mundo- la llamada renta básica. Una noticia que ha pasado relativamente desapercibida, pero que conviene airear por aquello de las barbas del vecino.

El ensayo alcanzará inicialmente a una muestra de 2.000 personas, que percibirán 560 euros solo por ser ciudadanos finlandeses de pleno derecho y por el mero hecho de estar vivos.

Está previsto que esta prueba tenga una vigencia de dos años, tras los cuales se realizará el estudio socioeconómico correspondiente y se extraerán las conclusiones para ejercer las correcciones necesarias e implantar o no la renta básica indefinidamente.

Así, uno de los países que fueron líderes mundiales en tecnología -todos recordamos la marca de teléfonos móviles Nokia, que aún pervive pero en manos de Microsoft- es uno de los primeros en reconocer la evidencia de que mantener un nivel aceptable de empleo y bienestar social, resulta hoy por hoy imposible. En Finlandia, la tasa de paro actual se sitúa en el 9%.

Un reciente estudio de la universidad de Oxford confirma esta tendencia y avisa que el 57% de la fuerza de trabajo realizada por personas en los países de la OCDE está en riesgo de desaparición, ante el imparable desarrollo tecnológico y la automatización de los procesos.

Se debe añadir el consenso de los principales macroeconomistas mundiales en que acometer acciones sociales como las que se dispone a ensayar Finlandia, requiere el crecimiento, sí o sí, de los ingresos fiscales del Estado y, en consecuencia, la reestructuración de las tablas fiscales, cargando claramente el esfuerzo impositivo en los que más tienen.

Si volvemos la mirada hacia nuestro país -en el que algunos partidos han reclamado la implantación de la renta básica-, con una tasa de paro del 20% y una creciente precariedad en el empleo, conviene ser claros tanto desde la política como desde las organizaciones empresariales, sindicales y universitarias. No como hasta ahora, cuando una especie de cobardía generalizada oculta la realidad de las posibilidades de empleo en España.

No hace tanto tiempo cuando la mayoría de los sectores económicos españoles se basaban en la mano de obra intensiva, lo que dejó nuestra competitividad por los suelos con la entrada en el mercado de países con una mano de obra mucho más barata y carente de derechos laborales, amén de la carencia de obligación medioambiental alguna.

Y de esas apenas dos décadas hasta ahora, se ha mecanizado nuestra agricultura -además de contratar inmigrantes durante las crestas de trabajo-, se han automatizado nuestras fábricas y muchos de los servicios se han trasladado a Internet, dejando así por el camino tanto a las empresas que no supieron adaptarse a los cambios tecnológicos, como a los trabajadores que ya no resultaban necesarios para proceso alguno. Y la burbuja inmobiliaria -artificialmente hinchada- resultó ser la gota de agua que derramó una crisis generalizada.

Mientras tanto, ninguno de los gobiernos nacionales o autonómicos españoles ha realizado plan estratégico alguno, orientado a una reconversión transversal y vertical de nuestro tejido productivo, inacción que no les ha impedido malgastar en tiempos de bonanza y de carencia, así como mostrarse incapaces de establecer una fiscalidad más justa. Solo alguna empresa que otra ha orientado sus estrategias hacia fórmulas de negocio que aporten a la sociedad una gran ocupación y unos márgenes comerciales que permitan mantenerla ahora y en el futuro.

Esto es España, señoras y señores. Un país deprimido que gasta todas sus energías en la queja y en el recorte. En cualquier cosa menos en el avance.

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Apuesta fallida

Aún se recuerda el feo que le hizo Zapatero a los EEUU, cuando aquel Día de las Fuerzas Armadas no se levantó al paso de la bandera de ese país. Una luz de gas, que si bien se aplaudió por su significación, costó al gobierno español una larga temporada de aislamiento desde el Imperio.

Puede que algo similar nos espere con la apuesta fallida que el PP hizo por Hillary Clinton. Cómo se vería entonces a Trump, que hasta los muy conservadores políticos españoles optaron por su contrincante ¿Demasiado para el cuerpo?

Pero el salvaje Donald Trump es un tipo que se crece cada vez que le dan la espalda o le recuerdan sus históricas y terribles posiciones sociales. O sus probables y continuados delitos mercantiles y fiscales.

De hecho, no hace mucho que Rajoy y Trump mantuvieron una conversación telefónica, una vez fue nombrado presidente electo el norteamericano. Muchos daríamos lo que fuera por conocer el contenido de aquella conversación entre el nuevo y cruel emperador y el demostradamente superviviente presidente del Gobierno de España.

Quizá fue algo así como el tembleque del gobernador de una lejana provincia, al pedir excusas a un tipo como Calígula por haberle traicionado: «Porque te necesito allí, que si no ya estarías muerto», pudo haberse oído Rajoy al otro lado del teléfono.

Si seguimos con esta versión ful de la llamadita, también podríamos meter en el ajo la dimisión de José María Aznar como presidente de honor del PP. Así, el único prócer español de alto nivel, que en su día se mostró próximo al Tea Party, deja solo a Rajoy, echando coces y renegando de un partido que considera blando y desfigurado.

Nos encontramos pues ante una incertidumbre política de la que tampoco permanece ajeno el prometido proteccionismo arancelario de EEUU, que de cumplirse naturalmente los plazos, bien se nos podría presentar en los próximos meses. A no ser que, como no contamos internacionalmente para nada, podamos pasar inadvertidos.

Tiene pues Rajoy una nueva oportunidad de practicar su famoso dontancredismo, permaneciendo inane ante lo que le pueda caer encima tras su equivocada apuesta. El hombre de la nada, el presidente de la inopia, permanecerá escaqueado, como se recomendaba en aquella antigua mili.

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Nubarrones

Se han desplomado los cielos sobre nuestras cabezas, con vientos huracanados, mar brava, brutales tormentas e inundaciones. Y muertos, por accidente o por imprudencia. Y todo esto, que resulta una excepción, bien pareciera un aviso apocalíptico de los cuatro días que nos están conmoviendo, una vez más, por su extrema violencia.

Cuatro días de angustia por un nuevo repunte de la violencia de género, que en esta ocasión se ha llevado por delante a cuatro mujeres españolas de una tacada. Y, excepto algún minuto de silencio o una reacción tardía de la ministra del ramo, los poderes de nuestro país siguen sin reaccionar. Los unos por falta de auténtica voluntad política para acabar con esta lacra. Los otros por falta de medios para actuar con la mínima eficiencia necesaria. Y la prensa -¡Ay, la prensa!- escondiendo estas lamentables noticias porque vender, no venden.

Cuatro malditos días en los que hemos sido testigos del sufrimiento de los habitantes de Alepo, en sus múltiples intentos de huida de una muerte segura. Hoy sí, mañana no, luego ya veremos, seres humanos tratados como marionetas inservibles por unos países que han negociado y renegociado salvar a miles de inocentes, mientras las bombas seguían cayendo sobre ellos ¡Los niños, qué culpa tienen! Y en esto, un policía turco, afín a los rebeldes sirios, se harta, le da un pasmo y se lía a tiros en una fiesta, cargándose al embajador de Rusia. Venganza hasta la locura, o hasta el hartazgo de su moral.

Cuatro días negros como el camión que ayer se precipitó sobre un mercadillo navideño en Berlín, con un terrorista al volante y el conductor legal del camión asesinado y sentado cual tétrico acompañante. Más de 12 muertos se ccntabilizan ya tras este nuevo atentado, que también ha dejado decenas de heridos. Un atentado que canallas como los neonazis alemanes han aprovechado titulándolo repugnantemente, con fines electoralistas, como «Los muertos de Merkel».

Sí, nubarrones que nada bueno presagian, mientras el terror campa a sus anchas contra nuestras mujeres o contra todo inocente al que le toque la bola negra de este macabro sorteo. Muertos y más muertos, sin culpa alguna, que se encuentran indefensos ante las neuras y las ambiciones de tanto canalla.

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Horarios para vivir

Madrugué hace muchos años en un pequeña población francesa y, faltando unos minutos para que dieran las ocho, la cafetería en la que andaba yo desayunando quedó completamente vacía. No volvería a verla llena hasta media tarde.

Y es que en la mayoría de los países europeos la gente vive con horarios mucho más naturales y proclives a una mayor calidad de vida. Algo que muchos venimos reclamando desde hace años en España y que ahora ha rescatado -al menos en su discurso- la ministra del ramo, Fátima Báñez.

La primera clave para plantear uno horarios laborales acordes con la vida de las personas, debería ser el absoluto respeto a los tres tercios del día: ocho horas para trabajar, ocho de uso personal -como la conciliación familiar- y las otras ocho para descansar. Un acuerdo tácito y escrito en leyes y reglamentos varios que no siempre se respeta en nuestro país.

Muchos de los que -afortunadamente- tienen un puesto de trabajo, superan ampliamente las ocho horas de labor, sin que por ello mejore su productividad, como ha quedado demostrado en continuos estudios sobre la eficiencia de los recursos humanos. De hecho, el exceso de horas de trabajo es el principal enemigo de la productividad a causa del abotargamiento mental y físico.

Otra clave que se debe abordar es el larguísimo corte de mediodía en las jornadas laborales partidas. Destinar dos horas o más en esa parada es un gran error que se paga con un duro reinicio vespertino y un horario de salida que afecta gravemente a la conciliación familiar o al tan necesario ocio. Máxime cuando la inmensa mayoría de los trabajadores a jornada partida ya hace años que no comen en casa.

De hecho, todos aquellos trabajadores y trabajadoras que ya cuentan con una solución más avanzada en su horario de labor, disfrutan de una calidad de vida muy superior al resto. No volverían, generalmente, a su antigua situación. Dicho esto con el máximo respeto y consideración a los hoy por hoy sufren precariedad laboral.

Pero quizá, la principal clave radique en una cultura social comprometida con unos horarios laborables más modernos y eficaces. Hace falta que todo el espectro económico cambie radicalmente de horario, porque sin una postura común de la sociedad cualquier avance resultará inviable.

Recuerden las personas que viajan fuera de España, con qué horarios se encuentran en las ciudades que visitan, sea por viajes profesionales o turísticos. Y la de años que en esas poblaciones extranjeras se llevan practicando.

Y para obtener ese acuerdo social generalizado, sí parece una buena solución recuperar el huso horario que corresponde a la península. El de Greenwich, no el de Alemania, implantado por Franco en tiempos de Hitler.

El cambio de huso horario aportaría muchas ventajas para obtener más fácilmente el cambio deseado. En principio, resultaría un evento simbólico de alto calado social, que bien podría pilotar todo el resto de claves necesarias para la mejora de nuestro equilibrio profesional y personal. Además, nos permitiría acercarnos de nuevo a la naturaleza y a sus horas de sol y oscuridad, tanto en verano como en invierno. La calidad de vida difícilmente se consigue yendo contra natura.

Por supuesto, todos estos cambios aportarían muchos otros beneficios, entre los se debe destacar la salud en todas sus acepciones. Una persona que descanse, coma, conviva y trabaje equilibradamente, obtendrá sin duda una mejor calidad de vida. Y esa si que es una meta digna de alcanzar.

Si queremos modernizar el país y volver a ser una piña que avanza colectivamente para recuperar tantas décadas perdidas, deberíamos ponernos de acuerdo en cuestiones tan básicas como los horarios. Por dignidad y por rentabilidad, que no son incompatibles. Trabajamos para vivir, no al revés.

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Los «ministros» de Trump

Como era de esperar, Donald Trump va formando su gabinete con posibles secretarios de Estado de la más dura ultraderecha. Generales de cuatro estrellas y multimillonarios, todos ellos con mala reputación, formarán seguramente el gobierno más duro en la historia de los EEUU.

Desde un negacionista del cambio climático para ocupar la cartera de Medio Ambiente, hasta un militar experto en Latinoamérica para gobernar la Seguridad Nacional, Trump parece confirmar los presagios más tenebrosos que definieron su campaña electoral.

Lobos de Wall Street, grandes empresarios o representantes del Tea Party se van a hacer cargo de secretarías entre las que se encuentran las relacionadas con los derechos civiles y los servicios sociales, que ahora se pretenden revisar para peor o, simplemente, dinamitarlos.

Además, Donald Trump se ha mostrado habitualmente como un dirigente imprudente, desafiante -por no decir macarra- e inculto en cuestiones de todo tipo, tanto las personales como las gubernamentales. Quede como muestra más reciente el desafío que acaba de realizar a la poderosa China, criticando la reivindicación de este país por Taiwán y olvidando que gran parte de la deuda norteamericana está en poder del gigante asiático.

Una mezcla pues, en la que las opciones ultraderechistas, la xenofobia, el desprecio por la igualdad, la fanfarronería, la incultura o el proteccionismo comercial, arrojan sobre la sociedad la fórmula de un neofascismo que esta vez nos llegará de la otra parte del Atlántico.

En Europa no podemos permanecer indiferentes ante esta nueva amenaza del imperialismo más grosero y del capitalismo más salvaje, que sin duda va a dar alas a los movimientos ultraderechistas que no paran de crecer en el seno de la UE.

Como también deberemos preocuparnos especialmente en España, con un gobierno como el de Rajoy -habitualmente genuflexo ante los grandes poderes políticos o fácticos- que puede poner en grave riesgo nuestra balanza comercial con EEUU, así como nuestra seguridad, afectada más que nunca por las bases norteamericanas implantadas en nuestro territorio, que se verían gravemente amenazadas en caso de que Trump haga realidad su promesa de guerrear abiertamente contra el islamismo radical.

Sí, Trump y sus «ministros» van a sobrevolar sobre nuestras cabezas como nunca antes lo ha hecho un gobierno norteamericano, arrojando sobre nosotros sus excrementos más obscenos y su rabia más contagiosa. Poco podremos hacer para impedirlo, pero al menos no permanezcamos indolentes porque nos va en ello nuestro bienestar.

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¡Por el cambio! (En el PSOE)

Hoy, la demagogia está servida. Eso pensarán, al menos, muchos de los lectores. Vean si no.

Décadas hace ya de aquella famosa campaña electoral del PSOE que pedía el cambio. Y cierto que en gran parte se consiguió. Con la llegada de Felipe González al poder, fueron muchos los escalones de bienestar y derechos que nuestro país subió en un corto plazo de tiempo. Pero ¿Y Andalucía?

Prácticamente desde la creación de las autonomías, Andalucía ha sido gobernada ininterrumpidamente por el PSOE. 38 años hace ya. Y sigue estando a la cola de España en cuestiones tan relevantes como el paro, el PIB, la renta per cápita, el éxito escolar y muchas otras cuestiones.

Y, salvando las distancias -no sólo geográficas-, en un tiempo similar Suecia avanzó muchísimo más, gracias a cuatro décadas de poder socialista y a pesar de haber sufrido las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

Así que, sin ambages, ya es hora de preguntarse cuáles han sido las causas de tan sonoro fracaso socialista en esta tierra nuestra del sur, que alberga nada menos que al 25 % de la población española.

Cierto es que el AVE llegó a Andalucía; que Sevilla tuvo una Expo; que la educación pública, la sanidad y otros derechos se implantaron allí al igual que en el resto de España; que el turismo sigue desarrollándose. Faltaría más.

Pero grandes extensiones de terreno agrícola sigue baldío, la industria apenas es significativa -a pesar de los esfuerzos por crear empresas públicas desde Madrid-, la mayoría de los andaluces siguen siendo claramente pobres y sus mandamases siguen quejándose de los gobiernos centrales sin reconocer sus propios fracasos.

No se me ocurrirá calificar a los andaluces de incompetentes. Ni siquiera sacar a la palestra las cartas de José Bonaparte a Su hermano Napoleón, relatando ciertos asuntos, ya en los albores del siglo XIX. Porque tiempo de sobra ha habido para pilotar un gran cambio cultural y actitudinal -si es que este último hubiera sido necesario- que llevara a la totalidad de la sociedad andaluza a mejorar colectivamente su destino.

Así que no queda más remedio que rebuscar en la responsabilidad de un partido socialista, que durante todo este tiempo ha tenido en su mano la posibilidad de ejercer los cambios necesarios, en vez de optar por el clientelismo más burdo e improductivo, destinado principalmente a mantenerse en el poder.

Y socialistas de ese perfil y con esos inmensos desastres en su mochila son, precisamente, los que ahora pretenden frenar la recuperación de los valores de la izquierda en el PSOE.

Olvidan esos socialistas de derechas que tanto la militancia del partido como sus simpatizantes están ya en otro estadio, en el que los cambios sociales y políticos, así como las nuevas necesidades de la población, reclaman nuevos aires de gobierno y prácticas más justas, igualitarias e innovadoras desde los partidos.

Por eso ha sido tan criticado el golpe interno que se produjo hace unos meses en el PSOE. Al igual que son mal recibidas las intenciones medrosas y procrastinadoras de una gestora que se adivina fácilmente a las órdenes de la baronesa y sus iguales, que sólo entienden la política desde sus tronos de taifas, desde su propia mediocridad y desde el pánico a ser nuevamente de izquierdas.

Por el cambio, sí. Pero dentro del PSOE. De una vez.

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Tiros por la culata

Hay que ver cómo está el personal, que últimamente se dedica a votar contra lo que pretenden los dirigentes políticos. Aquí no, claro. Aún no nos ha llegado esa manía de votar no a los referéndum o mandar a los jefes de gobierno habituales a freír espárragos.

Y en esos referéndum fracasados ha habido de todo: populismos, xenofobia, deseos de venganza y sobre todo errores, muchos errores. Miren si no.

El primer tiro por la culata se lo pegó el exprimer ministro del Reino Unido, David Cameron, quien jugó con fuego al someter a consulta popular la salida de la Unión Europea. Y el pueblo votó ‘pues nos vamos’. Cameron, el irresponsable, se tuvo que ir a casa y hoy el Reino Unido se encuentra en una encrucijada política y económica de dos pares de narices.

Vino después el referéndum de Colombia, que consultaba a su ciudadanía la aprobación del acuerdo de paz con las FARC. Pero la derecha de ese país, como si de española se tratara, tiró por tierra el acuerdo, que con los terroristas no se pacta, da igual el bienestar y la tranquilidad del país. No se tuvo que ir a casa el presidente Santos, que en una hábil maniobra rehízo algunas líneas del pacto y resolvió el asunto contando sólo con su Parlamento. Habrá que esperar a ver cómo se produce y cómo se acepta la integración de los guerrilleros en la sociedad para valorar la bondad del convenio.

Más tarde, aunque se ha hablado poco de esto, hubo otro referéndum en Hungría. Esta vez para decidir si se negaba el pan y la sal a los refugiados que todavía aguardan en la frontera. Y el pueblo votó negarles esos mínimos derechos. Aunque fueron tan pocos los votantes que hubo que declarar nula la consulta, quedando así la suerte de esos seres humanos rechazados en el limbo.

Y ayer, con el referéndum de Italia y las elecciones presidenciales de Austria, Europa contuvo la respiración, ante la posible debacle que bien podía venirse encima.

Lo de Austria, sin ser un referéndum, parecía una consulta plebiscitaria destinada a dar o no luz verde al asalto del poder por la ultraderecha de ese aburrido e históricamente peligroso país. Afortunadamente ganó el independiente y verde Van der Bellen, esta vez sí con una clara victoria. Menos mal que las mujeres austriacas, votaron en masa a favor de la libertad -doblando en cantidad a las que votaron por el peligroso Hofer-, demostrando su empoderamiento y sensatez. Al loro, machistas españoles.

Tras este paseo por medio mundo llegamos por fin a Italia, donde ayer se montó un pifostio de dos pares de narices, tal como se quedó Matteo Renzi, que avisado ya estaba. Pretendía el socialista cambiar la constitución italiana con el fin de incrementar, en lo posible, el poder del gobierno central, frente al bicameralismo, y el poder de provincias y regiones que hacen -entre otras cuestiones- ingobernable el país. Pero Renzi tuvo ayer su propio Waterloo y ha tenido que dimitir, atacado por todo tipo de populismos a derecha e izquierda.

En resumen, que la cosa está que arde. Andan los pueblos levantiscos por su hartazgo de lo políticamente correcto. Y se equivoquen o no, se nos echan encima tiempos de grandes cambios, con la consiguiente incertidumbre. Por si aún queda alguna duda, esperemos a que Donald Trump se ponga a gobernar. Lástima que aún quede mucho para emigrar a Marte.

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Trampas con la educación

Tras la reunión mantenida ayer entre el ministro de Educación y los consejeros homónimos de las comunidades autónomas -menos Cataluña, que no asistió-, quedaron definitivamente olvidadas las reválidas contempladas en la LOMCE, así como se pactó volver a la selectividad.

Y se permitió afirmar el ministro Méndez de Vigo que, nada más y nada menos, se estaba consiguiendo un pacto por la educación que podría durar al menos 15 años.

Pero las realidades, tozudas como siempre, son bien distintas. La LOMCE ha sido derogada por la mayoría del Congreso de los Diputados, aunque el gobierno central ha salido rápidamente a la palestra para amenazar con aplicar la ley que impide aplicar cambios legislativos que puedan suponer una partida presupuestaria no prevista.

Y así, entre unos y otros, la casa de la educación sigue sin barrer, a pesar de la gran cantidad de pelusas acumuladas. Baste con acudir al informe TIMSS -publicado hoy mismo- que recoge las tendencias del rendimiento de los estudios de matemáticas y ciencias en los diferentes países investigados. España, aún habiendo mejorado un poco, sigue claramente por debajo de la media de la UE y de la OCDE.

Dejaré para otra ocasión las obviedades que relacionan el nivel educacional con el futuro del país o con la cultura necesaria para obtener espíritu crítico. Ya las conocemos de memoria.

Pero sí es necesario insistir hasta la saciedad que España necesita con urgencia un plan de estudios para nuestros hijos que garantice, al menos, tres aspectos fundamentales: obtener conocimientos académicos necesarios; aprender a resolver situaciones básicas para defenderse en la vida, como los derechos y obligaciones, la economía básica y otras cuestiones domésticas; y educar las mentes en aquellos aspectos culturales que nos hacen pensar más y mejor, así como a convivir con los demás en absoluta tolerancia.

Estas metas estratégicas son las que deberían primar, por encima de todo, cualquier nuevo plan de educación, porque de lo contrario seguiremos lanzando a la sociedad a millones de jóvenes embrutecidos por una gran cantidad de carencias vitales, además de analfabetos funcionales en los aspectos más básicos para debatirse en la sociedad moderna.

Y como todo buen plan, debería empezar su diseño planteando los principios humanos y éticos -exentos de toda moral tendenciosa, que debería quedar en su caso en el terreno personal -, así como los valores compartidos que deben regir una sociedad avanzada, cosmopolita y solidaria.

Ya vendrán después los técnicos a debatir las cuestiones tácticas y técnicas, siempre que respeten las lineas generales necesarias para un plan de educación justo, igualitario y duradero. Todo los demás, son las trampas de siempre. Las que nos abocan al fracaso.

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Fidel, el cubano fiel

Con la muerte de Fidel Castro, es menester dar un repaso a todo lo que a uno le pasa por la cabeza, con respecto al personaje y al transcurrir de su pueblo.

Y lo primero que me viene a la meninge es la hipocresía con que siempre se han tratado sus aciertos y sus desastres. Hipócritas los dirigentes de países desarrollados, incapaces de aportar a sus ciudadanos los avances sociales -como sanidad, educación y otros- que Fidel implantó en Cuba. Hipócritas los políticos occidentales que le acusan de subvertir los derechos humanos, olvidando que en EEUU está implantada la pena de muerte y todavía existen graves problemas racistas y xenófobos; olvidando que en la Unión Europea se ha practicado un austericidio que ha condenado a la pobreza a millones de ciudadanos; olvidando todos su injusta actitud al rechazar a inmigrantes y refugiados.

Los males provocados por el dictatorial Fidel, resultan ser una minucia cuando se comparan con los que en nuestros avanzados países se presentan como el resultado de una crisis provocada falsamente por unos ciudadanos, acusados de vivir por encima de sus posibilidades y que ahora la tienen que pagar. Eso sí, democráticamente.

Después he pensado en todos esos «gusanos», «marielitos» y «balseros» que ayer brindaban en masa en la Miami que les acogió y les dio una vida mejor. Y me pregunto si esos exaltados por la muerte de Fidel, volverían a Cuba -si hubiera un cambio político- abandonando su calidad de vida actual. En principio, me cuesta creerlo.

Y ya, de manera más tangencial, me acuerdo de otras cuestiones, como en qué situación se encontraba Cuba antes de la llegada de la victoria de Fidel -el «patio trasero de EEUU», llamaban a Cuba- con un régimen sanguinario y un elevadísimo nivel de corrupción. Eso sí, con democracia. Manda huevos.

Como también recuerdo la crisis de los misiles, provocada porque Fidel tuvo que buscar apoyo en la entonces URSS, ante los fallidos ataques y cientos de atentados provenientes del poderoso vecino del norte. El que nunca venció a Cuba, limitándose a arruinarla, en la medida de lo posible, con sus bloqueos y otras miserables acciones sustentadas en el mercado negro.

Incluso se me hace imposible olvidar el liderazgo cubano, con Fidel Castro al mando, en otros países que las estaban pasando canutas, con sus violentas dictaduras militares o con sus modelos sociales insostenibles. En esos países, el apoyo de Fidel garantizó cambios que aún permanecen, los más con éxito, otros con la peor de las copias.

Pero al fin y al cabo, lo mío no son más que recuerdos que agradarán a unos y serán denostados por otros. Me da igual, que estos recuerdos son míos. Cierro ya, no sin desear al pueblo cubano el mejor y más justo de los progresos, así como un futuro feliz y en paz.

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Más impuestos

Nuevamente ha vuelto a mentir el gobierno de Rajoy en lo que se refiere a la subida o no de los impuestos. Algunos van a subir, y no todos lo van a hacer teniendo en cuenta la justicia social.

Esta subida está relacionada con el crecimiento del déficit del ejercicio 2015, producida por la componenda electoral de bajar los impuestos unos días antes de las elecciones de diciembre, lo que nos ha costado un fuerte reprimenda de la Unión Europea. Y claro, ahora tiene que venir Montoro a pasar de nuevo la hucha.

Además, resulta del todo improcedente plantear anticipadamente una subida de impuestos cuando todavía no se ha explicitado el proyecto de ley de los Presupuestos Generales del Estado para 2017. Se habla de subir los impuestos cuando aún desconocemos los contenidos de las partidas de gasto e inversión, resultantes de la características de las políticas sociales o de otro tipo que pretenden aplicarse durante el próximo año.

Y tampoco, como es costumbre, se plantea el gobierno adelgazar las estructuras del Estado, que desde hace muchos años están absolutamente infladas con estamentos absolutamente inútiles, cuando no para colocar a tanto personal obediente. En cuanto a la lucha contra el fraude fiscal, ni está ni se le espera.

Cierto es que no prevé la subida del IRPF ni el IVA, aunque este último esté absurdamente repartido. No se entienden los desmedidos porcentajes que se aplican a la cultura o a los productos de higiene de primera necesidad, por ejemplo. Y además el IVA es el más injusto de los impuestos, al afectar por igual a todos los ciudadanos, tengan estos un alto o bajo poder adquisitivo. Tampoco parece, pues, que vaya a ser esta la legislatura en la que Hacienda calibre realmente a los ciudadanos según sus necesidades.

Así pues, la subida de impuestos que el gobierno del PP estima necesaria, se centrará en dos ámbitos fundamentales: el impuesto de sociedades y los impuestos especiales. Vamos por partes.

Subir el impuesto de sociedades en un país cuyo tejido productivo está formado fundamentalmente formado por pymes -y más aún por microempresas- supone, de entrada, un agravio comparativo de difícil comprensión. No olvidemos la capacidad de ingeniería financiera de las grandes empresas para pagar apenas unos pocos puntos, sin que el gobierno se atreva a meterles mano. Recaerá pues el incremento de este impuesto sobre las empresas de menor tamaño. Aquellas que habitualmente las pasan canutas para sobrevivir y que ahora, que empiezan a ver un poco de luz, verán reducido de nuevo su margen comercial o tendrán que subir los precios. No nos extrañe pues que las pymes precaricen aún más el empleo para mantenerse en el mercado.

Por lo que respecta a los impuestos especiales, se vuelve a proyectar la subida de estos en las tasas que gravan los carburantes para automóviles y transporte, el alcohol y el tabaco, añadiendo como novedad las bebidas azucaradas, posiblemente para recordarnos que nuestros hijos se están haciendo obesos.

De todos estos impuestos especiales, el referido a los carburantes resulta también injusto y peligroso para el crecimiento económico. Injusto porque una inmensa mayoría de ciudadanos dispone de automóvil y tendrían que pagar la gasolina o el gasoil más caros. Peligroso porque el sector del transporte -incluidos los vehículos comerciales o de reparto de las pymes- verán incrementados sus costes, que tendrán que verse repercutidos en los precios finalistas de los productos, cuando no otra vez en la precariedad del empleo.

Y ante estas intenciones de llenar las arcas a costa de los que sea, se espera que el debate de la ley de Presupuestos en el Congreso resulte bastante agria, al igual que de una vez por todas veremos si Ciudadanos se retrata o no.

No obstante, el gobierno central ya está preparado para prorrogar los presupuestos actuales si se ve acorralado, pendiendo además de un hilo que se adelanten las elecciones generales a final de 2017.

Una vez más, se demuestra que las campañas electorales son una sarta de mentiras, planteadas por unos candidatos que siempre olvidan que están a nuestro servicio, al igual que se pasan por el forro que una promesa electoral es un contrato con los ciudadanos.

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