LO QUE HAY

Conmoción

Los recientes crímenes machistas habidos en Elda y en Alzira, una mujer tiroteada delante de su hijo en la puerta del colegio y una niña degollada como venganza contra la madre, respectivamente, nos han llevado a unos niveles máximos de conmoción y, lo que es peor, al descreimiento de las medidas actuales contra la violencia de género practicada por los hombres más desalmados.

Y es que hemos llegado a una situación ya crítica, ante una violencia machista que no solamente no decrece, sino que campa a sus anchas cada vez en mayor medida y con más furia.

No es de extrañar, pues, la estupefacción que se nota estos días, tanto en la ciudadanía, como en los políticos, policías, fiscales, jueces, periodistas o servidores sociales, que no dan crédito a que sus esfuerzos resulten baldíos, a pesar de las leyes, las especialidades profesionales o los medios -más bien escasos- destinados a la lucha contra semejante lacra social.

Resulta pues evidente que todas las medidas puestas en práctica hasta ahora están resultando bastante inútiles, al mismo nivel que se echa en falta una mayor “presión en toda la cancha” por parte de la sociedad y, fundamentalmente, de un gobierno que anda distraído con el asunto de Cataluña, mientras el país se desmorona entre crímenes de género, incremento de las desigualdades, bajada del salario medio, subida de los suministros y otros asuntos que nos están llevando a la ruina moral y económica.

Mientras tanto, resulta paradójico que encontremos más esfuerzo social en los activistas que en las fuerzas de seguridad o algunos jueces, quienes con sus tantas veces discrepantes medidas cautelares nos llevan al sonrojo, como en el caso de Elda, donde el asesino salió del juzgado y mató a tiros a su mujer, estando citado para el día siguiente.

Cierto es que a través de la educación de los niños -todavía por reformar de una manera crítica y social- y la concienciación de la sociedad, se podría avanzar en la prevención de la violencia machista, aunque sería a muy largo plazo. No hay más que observar el actual comportamiento violento de tantos adolescentes y jóvenes contra sus parejas, para comprender que la tarea que nos queda por delante va a ser ardua y lenta. Exasperadamente lenta.

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Cegados por el odio

Escribo este post tan en caliente como la juez Lamela cuando ha dictado orden de prisión incondicional para los ex consellers del Govern de Catalunya que sí se han presentado ante ella, esta mañana a primera hora.

Una orden que traerá aún más odio entre bandos y que no hace sino echar más leña a la llama del independentismo.

Todo ello, a diferencia del comportamiento del magistrado del Tribunal Supremo, que siendo consciente de la premura conque fue comunicada a los investigados -ayer por la mañana y sin cumplir las 24 horas de rigor-, no ha tenido inconveniente en aplazar la comparecencia de los imputados cuyo comportamiento legal le corresponden instruir, con el fin de que los correspondientes abogados defensores puedan preparar sus estrategias y razones.

Así, a partir de esa querella claramente ful, cuyo título “Más dura será la caída” ca usavergüenza a los que defendemos la ley y el Estado de Derecho, queda una vez más demostrado que los o las jueces politizados se comportan en consonancia con el gobierno del PP, cuyo mal uso del poder, su escasa inteligencia política, su carencia de la más mínima noción de la psicología de masas o la cerrazón con la que el odio esté cegando su proceder, nos van a llevar a tiempos aún peores. De igual manera que la jueza se ha pasado por el forro de la toga las cuestiones hunanitarias que pudieran acaecer a los ahora encarcelados, pues ni siquiera se ha interesado por conocer las circunstancias familiares, personas a cargo u otras necesidades que ahora quedarán al pairo con la urgente entrada en prisión de los instruidos.

Hoy, hemos encontrado una vez más la paradoja de que la Ley no es interpretada de igual manera por la judicatura. Ni siquiera en asuntos tan delicados como el que estos días nos ocupa, tras la declaración de independencia en Cataluña: el comportamiento profesional y sensato de la magistratura del Supremo o la violencia legalista de una juez de la Audiencia Nacional, que ya hace años debió ser cerrada, aunque sólo fuera porque es herencia del represor y franquista Tribunal de Orden Público.

Se me dirá que la huida a Bruselas de Puigdemont y algunos de los suyos, se cargaba de un plumazo la posibilidad de que la juez Lamela no dictara medidas preventivas de tanto calibre ante el un demostrado riesgo de fuga. Pero eso será olvidando que la ley no puede aplicar medida alguna sobre un sujeto por el comportamiento de otro. Queda así la orden de búsqueda y captura de Puigdemont y los ex consellers que andan por ahí con él, como la única medida razonable que hoy ha dictado la jueza instructora que conoce del caso, por incumplir el requerimiento judicial de presentarse en la Audiencia.

Todo esto es razón -que no la hay- para hoy y más odio para mañana. Más independentistas producidos por la fábrica de Rajoy. Más motivos para que las próximas elecciones del 21D puedan suponer una nueva derrota, quizás más abultada, de los partidos constitucionalistas. A no ser que a D. Mariano le importe una higa, mientras él y su partido anden calientes. Y es que esto lo vamos a pagar, una vez más, los de siempre. O sea, la mayoría de los españoles.

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¡Peligro, peperos sueltos!

Se avisa a la ciudadanía en general de que los peperos andan sueltos y envalentonados, tras su aparente triunfo al aplicar en Cataluña el artículo 155 de la Constitución Española.

Se recuerda a los españoles, a todos los españoles, que cuando los peperos andan sueltos, si te pillan no sueltan presa. Traen el hambre de imposición de sus ideas que han acumulado durante años, a pesar de que algún bocado ya han dado con los recortes económicos y de libertades, en medio de la carroña que intentan enterrar sus miembros corruptos.

Sí, nuevos peligros nos acechan tras excitar la jauría a la caza de más libertades y derechos aparentemente consolidados, como el Estado de las Autonomías o la libertad de los partidos políticos que no son de su agrado.

Enloquecidos con el sabor de la sangre derramada el pasado 1 de Octubre en Cataluña, pretenden ahora cargarse a todo bicho viviente que no practique el pensamiento único o que no se pliegue a sus deseos más retrógados y centralistas.

Aúllan, más que ladran, demandando la ilegalización de toda organización nacionalista presente en cualquier parte del Estado; pidiendo que el 155 llegue también a otras comunidades autónomas en las que no consiguen gobernar o imponer sus ideas; persiguiendo, como siempre, sus propios intereses, por mucho que la pobreza, la desigualdad y el deterioro de los servicios públicos demuestren su egoísmo e ineficacia política y administrativa.

Aprovechan, además, que la izquierda anda bastante perdida, sin ideas que nos ilusionen, en medio de la histórica y permanente división que la caracteriza.

Y puestos a seguir haciendo sangre, sueltan a sus fiscales y jueces más adeptos para que resuelvan a su gusto lo que como políticos son incapaces de solventar.

Así que no nos sorprendamos de las atrocidades de la manada. El cartel ya está puesto para avisarnos: ¡Peligro, peperos sueltos!

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Y mientras tanto…

…la casa sin barrer. Un viejo refrán que refleja perfectamente hasta que extremo el monotema catalán está provocando la más absoluta inacción en los dos gobiernos en liza.

La violencia de género sigue campando a sus anchas; los pirómanos -esta vez sin metáforas- están destruyendo los bosques de Galicia y de Asturias, muertos incluidos; los Presupuestos Generales del Estado siguen paralizados por falta de un consenso suficiente; las pensiones se mantienen en el aire sin una solución que aporte seguridad a los jubilados; la Sanidad, la Educación y la Dependencia permanecen en “stand by”, sin que nadie se preocupe de resolver de una vez estos servicios recortados y en difícil situación. Y así hasta recorrer todas las actuaciones políticas necesarias que ahora brillan por su ausencia.

Porque lo que toca ahora es mantener el machito en pos de los más deleznables réditos electorales. Esos que se consiguen pasando olímpicamente de la mayoría de los ciudadanos.

Parece mentira que Puigdemont y muchos de sus compañeros del PdCtat no sean conscientes de su extracción social: la burguesía catalana. Una clase social creada hace siglos con la intención de obtener riqueza a costa de lo que sea, incluyendo muchas veces la xenofobia o los delitos económicos. Una burguesía que siempre ha dejado tirados a sus conciudadanos más “heróicos”, abandonándolos a su suerte cuando las cartas no les son propicias.

Como también resulta increíble que Rajoy mantenga su habitual pachorra, sólo interrumpida cuando su derechismo le mueve a la violencia o a la imposición de las ideas, seguramente hechizado por las manifestaciones conservadoras y chuscas o por el cantautor del nacionalismo español: Manolo Escobar y su ¡Que viva España! Votos, sólo votos es lo que busca entre los suyos y los que se apunten a la nación cavernaria.

Al igual que su socio Albert Rivera, al que se le hace el trasero gaseosa ante la posibilidad de que su Cataluña malquerida sea humillada y de que, en medio, de tanto dolor de todos los españoles, su partido pueda ganar en la tierra que le vio nacer.

Toda una parálisis del Estado que se manifiesta durante ya mucho tiempo. Y el que queda. Este y no otro es el resultado de que dos pandillas de descerebrados, independentistas y centralistas, sigan practicando el manido tópico de “Cuanto peor, mejor” que tanto daño está haciendo ante la perplejidad de los sensatos.

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El poder de las fotos

Han tenido que ser las fotografías de las terribles cargas policiales de ayer en Cataluña, las que hayan dejado en el más absoluto ridículo internacional al gobierno de Mariano Rajoy, así como perjudicado la imagen de unos cuerpos de seguridad del Estado que tanto trabajo han realizado para servir en democracia y abandonar -al menos aparentemente- viejas costumbres de violencia de un pasado que no queremos revivir.

Ninguna de las múltiples estupideces e ilegalidades cometidas por el Govern de Cataluña, justifica ni de lejos que ayer se utilizara tamaña represión policial ni tanta violencia para combatir un problema político, civil y pacífico, por mucho que nos duela la posibilidad de que los catalanes abandonen España y queramos evitarla.

De hecho, el dolor ajeno que sufrimos ayer tantos telespectadores ante los impropios palos de las fuerzas del orden a gente sólo armada con papeletas y urnas, ha sido capaz de que por fin reaccionen, tanto gran parte de los ciudadanos españoles hasta ahora callados, como las autoridades de la Unión Europea, de muchos de sus países socios e, incluso, de los ahora bárbaros EE.UU. Sí bárbaros, porque esa es la imagen que ejemplifica Trump, como Rajoy aquí, aunque no todos los ciudadanos seamos de esa cuerda.

Y esa reacción nacional e internacional, debida como tantas otras veces al poder de unas fotos, se ha vuelto inexorablemente contra Rajoy, quien ha quedado como gran perdedor de un reto que nunca supo gestionar, y al que hoy se le reprocha desde dentro y desde fuera su inutilidad y su comportamiento, al tiempo que se le exige una solución pactada de inmediato. Tal es el miedo que producen los grandes disturbios que son malos para los negocios (léase convivencia).

Como prueba del daño producido al gobierno del PP por las fotos de las cargas en Cataluña, publicadas de inmediato en emplazamientos relevantes de los principales medios mundiales, basta que todos conozcamos la instrucción de repliegue de las fuerzas del orden, dictada por el Ministerio del Interior a partir del mediodía de ayer.

Poco me consuela haber formado parte de los muchos que avisamos a través de nuestros escritos, de que la represión no iba a ser una solución adecuada, sino más bien un doloroso culatazo en el hombro del represor.

Rajoy, al igual que los botarates que han llevado a Cataluña a un camino de dudoso retorno, debe desaparecer lo antes posible de nuestras vidas. España no se puede permitir estar gobernada por semejante inútil, que ha preferido la violencia a una política que no sabe practicar.

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¡Más música!

Vi anoche, con retraso, uno de los capítulos de la serie “Pop” que ha producido Movistar+, y me uno a la denuncia de muchos de los músicos entrevistados sobre la caída en picado de los programas musicales en televisión. Otra cacicada más por culpa del gobierno.

Evidentemente, tal como se comenta con vehemencia en esta serie, la música cuya presencia se demanda con mayor profusión, no se refiere a los horrorosos “Talent Shows”, entendiendo que los triunfitos, voceritos y otros plastas por el estilo no representan, ni por asomo, la cultura que el pop y el rock españoles han representado durante décadas.

Mientras, en cualquier “Late night” que se precie, en España o en cualquier otro lado del mundo, se incluye la música en directo, invitando así a los telespectadores a estar al día sobre lo que los jóvenes -y no tan jóvenes- nos proponen con sus diferentes estilos, siempre dentro de la modernidad.

Ese papel divulgador correspondió siempre a la televisión pública, que durante décadas tuvo en antena diferentes programas con los más actuales músicos y cantantes españoles y foráneos. Hoy, sólo la 2 de TVE guarda algún rinconcillo de interés, producido además por Radio 3. O sea, aprovechando los esfuerzos de otros.

Pues sí, como ya he dicho, esta carencia musicomoderna en la televisión pública, es una muestra más del desprecio que el gobierno del PP muestra por la cultura. En especial por la joven, que los conservadores aún parecen sentir como proveniente del diablo, castigando así a los que ni son ni serán nunca sus votantes.

Y es que el gobierno pepero de España es carca, autoritario y por ende represivo. No hay más que ver el desaguisado que ha ayudado a montar en Cataluña por su cerrazón ante los pequeños avances de libertad que suponía la reforma del Estatut, que una vez aprobado -esta vez sí con referéndum legal- por los catalanes, fue denunciado ante el Tribunal Constitucional por razones electoralistas cuando los conservadores estaban en la oposición.

Causa esta que incendió las latentes ansias independentistas, sobre las que el PP ha arrojado todos los acelerantes incendiarios posibles con su cerrazón al diálogo. Hasta el extremo de utilizar a los fiscales -me manera legal pero ilegítima- para reprimir todas las maniobras propagandísticas de los cafres que se empeñan en quitarnos a Cataluña de nuestro ánimo y nuestro patrimonio, sustituyendo con sus órdenes a los jueces, quienes en un estado de derecho deberían ser los únicos en autorizar registros y secuestros.

¡Más música, por favor! Que amansa a las fieras.

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Dentro o fuera del sistema

Visto lo visto en los arteros procedimientos seguidos por los diputados independentistas del Parlament de Cataluña, así como el dominio que ejerce la CUP desde su minoría, cabría preguntarse si los catalanes son conscientes de que su verdadera elección, en el caso de celebrarse, será sobre si permanecen dentro o fuera del sistema.

El peligro que corren los catalanes con su posible independencia es, precisamente, el de quedarse fuera del sistema, esa organización política, social y económica en el que actualmente -nos guste más, menos o nada- estamos inmersos los españoles, los europeos, los occidentales, con todas sus consecuencias.

La mayoría de los ciudadanos -entre los que me encuentro- apostamos por permanecer en el sistema, aunque muchos intentamos que en éste se realicen los cambios suficientes para que la democracia resulte más proporcional y efectiva en su estructura electoral y territorial, para que la desigualdad, el paro, la precariedad, la miseria y los agravios comparativos desaparezcan de nuestro país, hasta ponerse simplemente al mismo nivel que en otros países europeos. Un cambio profundo para que además de socializar las pérdidas, se haga lo mismo con las ganancias. Una reforma que, en definitiva, aporte una política fiscal y presupuestaria justa, que eso es la madre del cordero. Una evolución que bien podría pasar, además, porque el Estado pasara a ser una república.

Salirse del sistema es una opción, siempre que seamos conscientes de que la violencia -como causa o como efecto- es inherente históricamente a las grandes rupturas. Lo intentó ETA, matando y señalando a todos aquellos que consideraban enemigos de sus objetivos, aunque cayeran inocentes por el camino.

Y lo intenta ahora la CUP, con esas pintadas que invitan a los ciudadanos catalanes a señalar a los demás catalanes que no están por la independencia. Estas pintadas y los abucheos callejeros a cualquier mal llamado unionista ya son violencia, porque generan fractura social, discriminación y odio entre vecinos, amigos o familiares ¿Trae algún recuerdo histórico esta situación? Mal vamos por este camino.

Así que este es, en mi opinión, el auténtico dilema: dentro o fuera del sistema. Reflexionemos cada uno de nosotros y decidamos dónde y cómo queremos estar. Catalanes incluidos.

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