LO QUE HAY

Robo de niños: lesa humanidad

Nada más conocerse este pasado lunes la esperpéntica sentencia al Dr. Vela por el robo de una niña, me vino a la cabeza que más que un hecho aislado nos encontramos ante un delito de lesa humanidad.

Así lo consulté de inmediato con juristas amigos, que coincidieron conmigo, al igual que observaban la dificultad de establecer una querella de semejante calibre.

Más tarde, este martes publicó Infolibre un completo y documentado dossier con varios artículos sobre el tema, con los que no sólo estoy completamente de acuerdo, sino que me han inspirado para la redacción de este post.

Es comprensible que la querellante Inés Madrigal acudiera a los tribunales para encontrar justicia a su personal caso. Aunque, al mismo tiempo, no comprendo como el robo de niños acaecido desde la posguerra civil hasta bien entrada la democracia, no se haya convertido en una demanda colectiva amparada en el derecho internacional, que sí considera los casos de este calibre como lesa humanidad.

Los crímenes de lesa humanidad tienen varias características que sustentan el que hoy escriba sobre este asunto: han de ser sistemáticos y nunca, nunca, prescriben.

Pero esto es España y aquí se tapan unos a otros, la justicia puede ser pacata y muy pocos se atreven todavía a luchar contra los crímenes del franquismo, Iglesia incluida.

¿Cómo se puede mirar hacia otro lado cuando se estima que el robo sistemático de niños pudo alcanzar la cifra de 300.000 afectados? ¿Quién se arrogó la dudosa moral de decidir qué mujer, qué familia, merecía o no hacerse cargo del hijo engendrado? ¿Qué clase de Estado permitió que el robo de niños se convirtiera, además, en un negocio? ¿Cuántas familias adoptantes sabían que estaban cometiendo un delito? ¿Por qué la Iglesia participó en semejante aberración?

En mi desconocimiento de los intríngulis del Derecho, apenas me atrevo a ir más allá de estas preguntas, ni tampoco me corresponde. Pero quiero dejar bien clara mi más enérgica protesta porque ningún gobierno -Fiscales Generales incluidos- haya tenido los redaños para acometer una causa similar a la que en otros países europeos y sudamericanos ya se han resuelto hace años.

Será por miedo, por pereza, por un respeto inmerecido a los pactos de la Transición, no lo sé. Pero la inacción ante este drama me parece impresentable.

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De Antonio a Villy Toledo

Allá por el pleistoceno franquista, el bailarín Antonio fue detenido y encarcelado por ciscarse, verbalmente, “en los muertos de Cristo”. Curiosamente, el dictador resultó ser antes admirador del bailarín que defensor de la siempre represora Iglesia y le indultó.

Hoy, en plena democracia y con la teórica libertad de expresión que deberíamos disfrutar plenamente, el actor y activista de no se sabe bien qué, Willy Toledo, ha sido detenido en rebeldía por una nueva blasfemia, de esas que se hacen famosas, al cagarse en un dios que ni siquiera sabemos que exista.

Una vez más, la derecha católica más reaccionaria y fundamentalista -esta vez bajo el paraguas de la Asociación Española de Abogados Católicos- se ha erigido en defensora de los sentimientos religiosos y ha acusado al actor ante el juzgado, con la esperanza de escarmentar al locuaz Willy.

Toledo se negó por un par de veces a acudir al juzgado, lo que le valió que el magistrado ordenara ayer su detención, hecho que en efecto se produjo.

Por muy antisistema que uno sea y por mucho que defienda sus derechos -que lo son-, nadie puede negarse a presentarse ante el juez cuando es requerido para ello, entre otras cosas porque ese mismo Estado de Derecho que protege -más o menos- la libertad de expresión, obliga también a los ciudadanos a acudir a los tribunales cuando una autoridad del poder judicial lo considera oportuno.

Dicho esto y bajo la advocación del “coño insumiso”, debería quedar claro que la blasfemia no puede considerarse en nuestros días como un delito, máxime cuando es una Iglesia que sólo se representa a sí misma la que dicta esa hipócrita moral, que muchos aceptan situar por encima de nuestros derechos fundamentales amparados por la Constitución Española.

Dejemos pues para esos países dominados por la extrema derecha más religiosa la confusión entre moral y derecho, entre pecado y libertad, ganada a pulso por los votantes más reaccionarios o por quienes todavía consienten ser gobernados por gobiernos dictatoriales, hayan pasado o no por las urnas.

Puede que Willy Tolelo se merezca un par de imaginarias collejas por bocazas y por su constante manía de provocar, incluso cuando no hace falta. Puede también que le convenga alguna pequeña sanción por no acudir en su día al juzgado. Pero por blasfemar no merece castigo alguno. Faltaría más.

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La hora de la verdad

Bien pronto se ha encontrado Pedro Sánchez con las limitaciones políticas y presupuestarias, que impiden a su gobierno cumplir el escueto programa declamado por el actual presidente el día de su investidura.

Limitaciones que, posiblemente, se unen a una voluntad política equívoca que está acabando muy rápidamente con la ilusión y la paciencia de los ciudadanos de izquierda de este país.

Por ejemplo, llama la atención que no se haya derogado ya -al menos en parte- la llamada Ley Mordaza, lo que habría resultado un golpe de efecto de gran calado por devolver al pueblo los derechos perdidos con el gobierno del PP. Facilitar de inmediato asuntos tan candentes como la libertad de expresión, habría sido una excelente manera de iniciar esta etapa de gobierno.

Prefirió Pedro Sánchez apostar por una Europa dividida y tendente a la derecha más reaccionaria, con la que seguramente topará y se verá obligado a rebajar sus intenciones en los asuntos de inmigración, cayendo así en la trampa de un fracaso anunciado.

También se está tardando en exceso en readaptar el Código Penal a la visión más actual y justa que tienen las mujeres sobre la violación, decisión sobre la que las ministras han acabado haciendo mutis por el foro, sin más explicaciones ni la necesaria actitud pedagógica y comunicativa que se espera de un gobierno moderno.

Y qué decir de la esperada revisión de los criterios de la financiación autonómica, sobre la que apenas unos días después de tomar posesión de la presidencia, se tuvo que reconocer que no sería posible durante esta corta legislatura, dejando con un palmo de narices a las comunidades autónomas actualmente infrafinanciadas.

Otros asuntos de especial urgencia, como la aprobación de los presupuestos o el cambio necesario en la cúpula de RTVE, tendrán que esperar razonablemente a los trámites parlamentarios oportunos. Veremos, una vez haya vía libre, qué decisiones toma el nuevo gobierno cuando disponga de más medios en sus manos.

Aunque, visto lo visto, Sánchez se está revelando como un mandatario que aún no parece tener claro la relación entre querer y poder.

Y como siempre, los ciudadanos españoles son los últimos en percibir de manera tangible que el cambio parecía haber llegado a España.

Se podrá decir que protestar ya contra el gobierno de Pedro Sánchez es una muestra de impaciencia y de falta de confianza. Pero es que los famosos cien días de crédito que se da a todo nuevo gobierno se van a cumplir en verano, con el país paralizado y las Cortes de vacaciones.

Así que, lamentablemente, el globo se está deshinchando. Una pena.

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S.O.B.

Resultaría curioso conocer una estadística que reflejara cuántas veces llaman S.O.B. a Donald Trump los propios norteamericanos. Y aún más en el resto del mundo, se diga como se diga el epíteto en cada idioma. Desde luego, en mi entorno, la traducción H.D.P. es utilizada con harta frecuencia contra este tipo canalla y carente de toda ética y moral alguna.

Desde su nombramiento como presidente del los Estados Unidos de Norteamérica, y ya anteriormente en plena campaña electoral, Trump demostró -y sigue haciéndolo- ser un hombre de modales toscos, lamentables y supremacistas, propios de quien no tiene más allá de dos dedos de frente.

Pero ese clímax de bajeza conseguido con la separación de 2.300 niños de sus padres inmigrantes -con la excusa de que estos últimos son delincuentes por haber traspasado ilegalmente la frontera y sus hijos no pueden estar con ellos por esta causa legal- ha batido todos los records de hijoputez en un jefe de estado de un país democrático, históricamente liberal y formado por diferentes aluviones de inmigrantes de prácticamente todos los continentes.

Alarmado ante la reacción de sus conciudadanos y del resto del mundo por tan cruel decisión, Trump ha dictado una orden que suspende esta medida en el futuro, corrigiéndose a sí mismo. Pero, de que los 2.300 niños secuestrados vuelvan de inmediato con sus padres, nada de nada. Seguirán separados hasta que al mandatario le salga de sus maltrechas neuronas.

Por otro lado, el próximo domingo, los principales líderes europeos -sí, Sánchez también- acudirán a una reunión informal convocada por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, para tratar asuntos relativos a la cuestión migratoria y preparar la próxima cumbre europea que se celebrará a final de este mes de junio.

No debemos olvidar que a excepción de Angela Merkel, que ha brindado acogida en Alemania a cientos de miles de refugiados en los últimos años, la postura de los gobiernos de los diferentes países socios ha sido muy dispar y absolutamente pacata y torticera. Y lo que faltaba por ver, con una Italia gobernada por la ultraderecha más xenófoba y una Alemania cuya canciller se siente ahora amenazada por muchos de sus compatriotas ante las próximas elecciones regionales en su país.

Unas circunstancias, las europeas, que sólo difieren de las de Trump en las formas, que aquí somos muy mirados con eso de la imagen, aunque la realidad sea un enorme cementerio submarino en el Mediterráneo en el que yacen miles de seres humanos que intentaron llegar a nuestras prósperas costas.

Hipocresía se llama esto, en plena decadencia del liderazgo occidental. Una hipocresía con resultados tan indignos como la bestialidad del “amigo americano”, de ese gran S.O.B.

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¡Máxim, grrrr guau!

Según la denuncia del defraudador y exministro Máxim Huerta, expresada durante su discurso de forzosa dimisión, debo ser un perro. Porque reconozco que pertenezco a esa mezcolanza canina que ayer pidió su dimisión y a la que el susodicho llamó jauría.

Debe recordar este defraudador -por mucho que se sienta ofendido- que ha costado mucho esfuerzo echar al corrupto PP del gobierno. Como tampoco deber haber sido fácil para Pedro Sánchez tirar para adelante con su exigua minoría parlamentaria y formar un gobierno que seguramente es el de más calidad humana, técnica y política desde la transición democrática.

Impresentable resulta, pues, que Huerta ocultara al presidente del gobierno sus desmadres con Hacienda, poniendo en peligro su credibilidad y la de su equipo de ministras y ministros.

Ignoro qué pensaba el ya defenestrado al intentar que sus anteriores fraudes fiscales pasaran desapercibidos, lo que hace suponer que ni siquiera como periodista tiene las suficientes luces, necesarias para ser consciente de que los de la prensa lo husmean todo y cuando cogen bocado no lo sueltan. Quizá por eso les vino a llamar perros sin incluirse entre ellos.

Hay que tener la cara muy dura para montarse una sociedad unipersonal, con tal de evadir impuestos, y apuntar en su contabilidad una vivienda en la playa, así como enseres domésticos de la misma.

Pero, sobre todo, me parece indignante que intente pasarse de listo y acepte un ministerio teniendo encima semejante losa. Lo que me hace recordar -como tantas otras veces- que también este ya expolitiquillo es tonto o un sinvergüenza. Y de estos, de ambas clases, ya hemos tenido bastantes.

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Vértigo

Utilizo de nuevo el titular de un artículo dedicado hace unos 25 años a aquellos empresarios, que alcanzado el éxito, se quedaban parados y no iban más allá, abrumados por su propia pacatería, su pánico, su vértigo en definitiva. Vuelvo pues a traer el vértigo a la palestra tras la movida de la moción de censura que ha encumbrado a Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno.

Como vértigo debió sufrir en tantas ocasiones Mariano Rajoy, incapaz de asentar líneas estratégicas de gobierno que llevaran a España hacia el progreso, innovando, alcanzando merecidos liderazgos y ocupando en Europa el puesto que nos corresponde. Pero, de tan conservador, prefirió optar por el atraso -al más puro estilo franquista- no fuera que un mayor éxito le resultara excesivo para sus capacidades.

Y ahora, tras el difícil e inseguro triunfo de Pedro Sánchez, vuelve el vértigo a una inmensa cantidad de ciudadanos, que ante las enormes dificultades con las que el nuevo gobierno se va a encontrar por su debilidad parlamentaria, prefieren negarle la vez -argumentando todo tipo de razones, ciertas o no-, en lugar de hacer fuerza, de usar toda la energía como pueblo, para que se consigan los pocos pero importantes objetivos que el líder socialdemócrata se pueda plantear antes de convocar las elecciones cuando toque.

Que vamos a parecer Italia, opina la mayoría. Pero a nadie se le ocurre decir que vamos a parecer Portugal, esa pequeña nación hermana y fronteriza que ha sabido gestionar un gobierno en minoría, desde una posición terrible como consecuencia del rescate sufrido por la UE y consiguiendo, no obstante, la unión de la izquierda. Ya me conformaría yo conque a España le fuera como a la Portugal que tantas veces denostamos y que está dando una soberana lección de buenhacer, inteligencia y voluntad ciudadana. Los portugueses sí que tenían motivos para el vértigo, pero han resultado ser unos valientes que han optado por cambiar las tornas de una vez y salir de la miseria todos juntos.

Dejémonos pues de tanto miedo, de regodearnos en la incertidumbre y utilicemos esas poderosas energías nuestras -hasta ahora negativas- para salir adelante, para vencer al vértigo y saltar de una vez ese plinto que la historia nos pone ahora por delante.

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¿Queremos más Rajoy o no?

La moción de censura presentada por el PSOE para descabalgar a Mariano Rajoy del gobierno, es el gran objetivo en el que todos los ciudadanos sensatos y nuestros representantes políticos nos deberíamos centrar. Es lo único importante. Y más ahora en el que ya se dispone de condenas contra la corrupción del PP más que suficientes.

De hecho, expulsar a Rajoy y a su partido del gobierno es un acto en el que todas las corrientes políticas de la oposición deberían estar de acuerdo. No caben, en este momento, otras circunstancias, negociaciones partidistas ni intercambio de prebendas.

No resulta creíble la amenaza de Rajoy, cuando vaticina el caos social y económico si triunfa la moción de censura. De hecho, resulta bastante difícil que España se pueda encontrar en peores circunstancias que las actuales, con tanta corrupción, desigualdad, precariedad en el empleo, estafa a los pensionistas, pérdida de derechos, justicia politizada, ausencia en los medios de poder europeos y muchos otros aspectos que definen el paso del PP y su gobierno por el poder.

A Ciudadanos se le debe pedir un poco de paciencia, ya que es prácticamente seguro que ganarán las próximas elecciones. Y no les debería preocupar que el interín de un breve gobierno socialista se dedique a limpiar la casa de todos antes de que sea ocupada por nuevos inquilinos. A no ser, claro está, que al partido naranja no le interese esa limpieza, dadas sus probables relaciones con ese poder económico que ha tomado a los españoles como rehenes.

Tampoco debería el PNV negarse a esta moción de censura, una vez ya conseguidas sus periódicas nuevas prebendas. Tanto al Partido Nacionalista Vasco como a los independentistas catalanes, les conviene que se abra un nuevo espacio de diálogo que acabe, al menos por unos años, con tanta incertidumbre y tanto desastre territorial.

Sirva, pues, esta moción de censura para abrir paso a un acto de limpieza y regeneración política. Y, después, con el país más sosegado y creíble en lo político, que vengan nuevas elecciones generales y allá cada uno con su voto.

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