LO QUE HAY

¿Se puede reiniciar España?

Una lástima. No se encuentra por ningún lado el botón “reset” de nuestro país. Y en el caso de que apareciera ¿a qué valores iniciales nos llevaría la maniobra?

Nunca como ahora, desde la transición, ha estado nuestro país en una situación tan lamentable. Con las más altas instancias de la Justicia mostrando una imagen más fea que Carracuca. Con unos políticos egoístas y cada vez más alejados de los auténticos intereses de los ciudadanos. Con unos niveles de desigualdad -y la consiguiente pobreza- inaguantables. Con unos catalanes independentistas que van perdiendo la razón día a día. Con una incapacidad manifiesta para deshacernos del dictador y sus fanfarrias. En definitiva, con una sensación de desgobierno que nos invita a llamarnos andana y pasar de todo. Y esto último es el auténtico peligro.

Semejante situación es capaz de producir, en plan maniqueo, los sentimientos más opuestos: el desánimo o la movilización. Así están las cosas y entre ambos habrá que elegir de una vez.

El desánimo es la emoción más triste y derrotista que los ciudadanos podemos sentir. Además, que demos al país por imposible es lo que buscan tanto los partidos más extremistas como esos poderes fácticos -generalmente los doctrinarios y los económicos- que mezclan sus intereses para campar a sus anchas. Con el desánimo nos dirigimos, indefectiblemente, al hundimiento, a la paralización del progreso, a la incultura, a la obediencia cegata de tanto mirar hacia otro lado.

Por eso ha llegado el momento de la movilización. Pero cuidado, una movilización racionalista capaz de aglutinar la demanda impenitente de nuestros derechos y de nuestras ansias de mejora, insistiendo hasta la saciedad por un reinicio -incluso constitucional- que emule los paradigmas de otros países europeos con mucho más éxito que el nuestro.

Y digo cuidado, porque cuando un pueblo manifiesta su necesidad de movilizarse, aparecen los populistas más desalmados, enarbolando banderas indignas como el fascismo, la xenofobia o el control absoluto de los poderes del Estado. Como la ultraderecha, por ejemplo, cuya expansión por el mundo occidental anda dejando cada vez, más cadáveres por el camino.

Movilización, sí. Aunque nuestra historia desdiga nuestra capacidad de unión para salir adelante. Aunque todo aquel que ostente una dosis suficiente de poder se oponga a nuestros justos movimientos con todas sus fuerzas y leyes represivas, que siguen sin derogar.

De lo contrario, nuestro vaso de paciencia, ese que ya debería haberse derramado ante tanta injusticia consecutiva, dejará de llamarnos la atención. Esa sería la imagen de un desánimo buscado ansiosamente por el poder. Ese sería nuestro fin como pueblo, quedándonos definitivamente a merced de quien quiera manejarnos a su antojo. Que cada lector, lectora, elija de una vez: quejarse sin llegar más allá o gritar basta caiga quien caiga.

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