FILOSOFÍA IMPURA

A vueltas con la confianza

Alguien me dijo una vez que la confianza es como el crédito ante otro. Al principio podemos conseguirlo y, paulatinamente, nos encargamos de perderlo a base de errores o de malas pasadas a quien nos lo otorgó, situación que resulta muy difícil remontar. Aunque a veces ni siquiera otorgamos confianza desde el principio. Por ejemplo: ¿quién puede confiar en Donald Trump?

Si extrapolamos la confianza a la masa social, la cosa se torna mucho más compleja, pues de esa credulidad general dependen asuntos tan importantes como la política, la economía, las inversiones o, lo que es más importante, el estado de ánimo de los ciudadanos.

Hoy, con excepción de en nuestros entornos más próximos -y a veces ni eso- apenas si confiamos en aquellos de cuyo poder depende nuestra calidad de vida o nuestro dinero.

Y es que grandes empresas, entidades financieras, partidos políticos, gobiernos y muchas otras organizaciones están consiguiendo, a través de sus pésimas actuaciones y malas prácticas, que nuestra confianza se haya ido a freír espárragos.

El problema es que tras la falta de confianza se esconde el miedo y, más atrás aún, la parálisis social, la falta de proactividad.

Cuando esto ocurre, la ciudadanía se vuelve loca en gran medida, deja de creer en lo que hasta un momento determinado consideraba adecuado, convierte en hechos judiciales lo que deberían ser simples negociaciones, pide -¡menudo peligro!- mano dura, lleva los celos hasta la violencia de género o acaba odiando al diferente.

En este ambiente de desconfianza generalizada se debate como puede la sociedad actual, generando así un estado de ánimo con grave riesgo de acabar mal.

Y así, leyendo algunas páginas sobre la filosofía de la confianza, tan impura como cualquier otra, encuentro que unos de los factores que sustenta la confianza es nuestra nivel de oxitocina, que sintetizada por el cerebro en la dosis adecuada es capaz de generar un estado de ánimo positivo y más abierto a nuestra credibilidad sobre los demás.

No estaría mal, pues, que se incluyera esta droga en el agua corriente, a ver si de esta manera, colocados de euforia, somos capaces de superar la justificada depresión social en la que nos encontramos. Algo así vino a escribir Aldous Huxley en su famosa y clarividente novela “Un mundo feliz”. Métete una dosis de soma y alégrate el día.

Estándar
FILOSOFÍA IMPURA

Reparto de pérdidas

Una vez más, con la desfachatez acostumbrada, se socializan las pérdidas de empresas privadas en nuestro país. Ni es la primera vez ni será la última. Y todavía quedan ciudadanos de a pie que siguen votando al capitalismo más salvaje e inhumano.

Toca ahora rescatar unas autopistas -con origen en Madrid, en su mayoría- absolutamente inútiles y escasamente transitadas, que en su día se “vendieron” electoralmente por Aznar como un gran avance para las estructuras de nuestros país.

Y como viene siendo habitual cuando se realizan grandes proyectos con dinero público, todos mintieron. Porque el uso de estas autopistas no se ha acercado ni por asomo a las muy infladas previsiones realizadas por los técnicos y constructores amigos de los gobernantes conservadores.

Alegremente, el actual gobierno -también conservador- propone nacionalizar estas autopistas, totalmente quebradas en lo económico, por una cantidad que oscila entre los 5.500/5.700 millones de euros. Precisamente la misma cantidad que la UE obliga a recaudar de más al Estado español a causa del déficit y que está siendo estos días objeto de nuevos impuestos.

No es de extrañar pues, que cada vez que un gobernante de la derecha -y no solo de la derecha- suelta la repetida frase “esto no costará un euro a los españoles”, nos echemos a temblar y soltemos algún exabrupto para exorcizar la amenaza que se nos viene encima.

Con el paso del tiempo y ante tantos desmanes públicos cometidos, resulta cada vez más difícil comprender cómo no existen leyes que califiquen estas enormes prevaricaciones y cohechos como delito, juzgando debidamente a todo gobernante que nos lleve al huerto a base de mentiras. Debería castigarse ineludiblemente a todo gobernante que favoreciera los beneficios de sus coleguitas, que si sale mal ya pagará el pueblo. (Añada usted aquí el insulto que más le satisfaga)

Pero España es un país muy raro en estos aspectos y los partidos políticos que albergan a gobernantes ineficientes en la gestión -pero muy hábiles en esquilmar las arcas de todos- son premiados una y otra vez en las elecciones, cuando en realidad deberían ser inmediatamente detenidos como se haría con cualquier empleado o directivo desleal.

En filosofía, impura como siempre, sobre todo hoy, se insiste en recordar que mientras el socialismo propone la socialización -valga la redundancia- de la esfera pública, la política procapitalista consiste en salvar el sistema a costa del pueblo: en socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. (Mi agradecimiento a Mario Bunge, autor del libro ‘Filosofía Política’, que también clama en el desierto)

Hay que reconocer que el contenido de hoy resultará pueril y harto sabido para muchos, ojala para la mayoría de los lectores. Pero visto lo visto, no está de más recordar un axioma tan evidente que ya ni siquiera nos llama la atención. Igual merecemos que nos estafen hasta la saciedad.

Estándar
FILOSOFÍA IMPURA

Seguridad nivel TIA

En este país de Mortadelo y Filemón, ha tenido que venir un aficionado a dejar en entredicho las medidas de seguridad para la protección de nuestros Jefes de Estado, presidentes de Gobierno, sus familias y otros personajes de alto valor político.

Mientras en Cuba Fidel se salvó de más de 600 atentados -la mayoría de ellos, ridículos-, o en EEUU y en la Unión Europea los servicios secretos montan espectaculares operativos de seguridad para proteger a sus presidentes e invitados, aquí un tirador de estilo olímpico y titulado en seguridad privada que nunca ejerció, ha sido quien ha dejado con el trasero al aire a todos los cuerpos de seguridad, al CNI y a todo aquel que ostente la responsabilidad de la seguridad de nuestros máximos próceres.

Y ni siquiera se le detectó, aun habiendo realizado sus pruebas de enfoque y tiro sobre el rey desde una habitación del Hotel Palace, situado frente al Congreso de los Diputados. Para partirse de risa, si no se tratara de un asunto tan grave.

Tuvo que ser él mismo, Santiago Sánchez Ramírez, quien hizo su denuncia en los medios de comunicación, mostrando vídeos que evidenciaban los fallos de la seguridad establecida en múltiples ocasiones. De inmediato, una vez conocida su hazaña, fue detenido por aquellos mismos que días antes habían quedado en el más absoluto de los ridículos.

Tras su detención, se encargó la Audiencia Nacional -la que entiende los casos de terrorismo- de instruirle una causa por si las armas utilizadas para el ensayo -y otras encontradas en su poder- eran de guerra, lo que está terminantemente prohibido.

Tuvo Sánchez Ramírez la suerte de que le tocara el juez Fernando Grande-Marlaska, que al menos es bien conocido por su inteligencia y bien hacer. De hecho, fue absuelto el francotirador ful, al demostrarse con evidencias que sus armas ni eran de guerra ni, en su mayoría, estaban útiles para el disparo, pesquisas que bien podría haber deducido quien le detuvo, tras la inspección ocular y científica de su casa. Otro error más que ha atentado -ahora sí- contra los derechos del arriesgado francotirador. ¿Venganza por el ridículo padecido? ¿O simplemente otro “a buenas horas, mangas verdes”?

En filosofía, tan impura como siempre y más en este caso que bien podría haber llevado Ibáñez a sus viñetas, se entiende que la Seguridad (con mayúscula) no existe, pero las que sí que existen, taxativamente, son “las inseguridades”. Y ahí radica el buen uso de los principios y las acciones de prevención, que tan necesarias son en todos los ámbitos de la vida y de la sociedad.

Afortunadamente, se ha cerrado con éxito este caso, más propio de la TIA de ficción que de la realidad. Tendrían que haber felicitado al francotirador por dejar al descubierto tanto fallo de seguridad durante años. Pero en este país dominan los cainitas.

Estándar
FILOSOFÍA IMPURA

Salario mínimo, mínimo

En medio del debate parlamentario sobre el Salario Mínimo Interprofesional (SMI), surge como un trueno una de las burdas afirmaciones a las que la ministra de Trabajo, Fátima Báñez, nos tiene acostumbrados: “En España nadie cobra por debajo de los 655 euros”. Una más de sus frases falaces.

Olvida la ministra que en un país acostumbrado a que una vez hecha una ley, surja la trampa, el SMI -en su cifra completa- sólo se aplica a los trabajadores que tienen contrato a jornada completa y mensual.

Lo demás son zarandajas y componendas, en las que entran desde los contratos por horas -a los que se debería aplicar el precio horario del SMI- hasta los pactos a destajo, como el que cobran las camareras de piso de algunos hoteles: 20 céntimos por cama.

Y por si queda algún trabajador, con poca experiencia, que aún desconoce la diferencia entre salario bruto o neto, debe quedar claro que el SMI se expresa en bruto y corresponde a 14 pagas. Sólo con pensar en las deducciones obligatorias de esta mínima nómina en España, es fácil comprender que el sueldo neto de un trabajador, sujeto al salario mínimo, no llega para vivir.

Aunque muchas comparaciones son odiosas, más lo son aún cuando a nuestros gobernantes se les llena la boca con la famosa recuperación económica española -que sólo tiene fama para algunos de nuestros paisanos-, con nuestro crecimiento del PIB y con otros alardes de riqueza por el estilo. Olvidan que somos un país pobre. Más pobre que las ratas. Y sin un futuro dibujado con los planes y las estrategias que tanta falta nos hacen para salir del atolladero.

Aquella Irlanda que tuvo que sufrir la “hambruna de la patata”, y que durante la actual crisis económica tuvo que ser rescatada por la Unión Europea y por el Fondo Monetario Internacional, es hoy el país socio que más crece y ostenta un salario mínimo que multiplica por dos al español. Menos bolos, pues, Sra. Báñez.

¿Y que tiene todo esto que ver con la filosofía, por muy impura que esta sea? se preguntará a estas alturas alguno de los lectores. Pues mucho, porque la agónica situación de los desfavorecidos en España -sobre todo los jóvenes- se encuentra envuelta por una metaprecariedad que encierra lacras como el paro, la inseguridad laboral, los contratos basura y los salarios indignos. Pero también el abandono de la filosofía en los colegios, que ha provocado inexorablemente la desaparición del espíritu crítico de unos ciudadanos que representan nada más y nada menos que el futuro de nuestro país.

Y así estamos. Una población que no piensa estructurada ni colectivamente; un gobierno que no tiene nada proactivo que ofrecer; unos políticos que, viejos o nuevos, siguen muy lejos de los ciudadanos. Un país, España, con un salario mínimo, mínimo. Así nos va.

Estándar
FILOSOFÍA IMPURA

Cuando el poder mata

Cierro hoy la miniserie de artículos dedicados a recordar algunos de los más significativos males del poder, trayendo a la palestra las malas prácticas de las compañías eléctricas, gasísticas u otras que, con la colaboración de los gobiernos, permanecen impertérritas ante la pobreza energética en España. Unas malas prácticas que matan, como siempre, a los más desfavorecidos.

Cierto es que entre leyes autonómicas, convenios y otras zarandajas absolutamente insuficientes, el poder político puede encontrar excusas para tapar su ineficiente proceder ante el gran número de muertes anuales, que algunos estudios sitúan por encima de las causadas por accidentes de tráfico.

Por eso no se entiende, que ante tanta muerte por pobreza energética, los gobiernos no actúen con la misma o más contundencia que ante la regulación del tráfico vial, con sus enormes inversiones en radares, gestión del carnet por puntos o campañas publicitarias.

Según el baremo que se utilice -el español o el europeo-, el número de afectados españoles por la pobreza energética podría situarse en unos 7.000.000 de ciudadanos. Aunque tampoco se libra la Unión Europea, en la que se calculan 54.000.000 de afectados.

Son cifras muy alarmantes, causadas por el egoísmo de las compañías energéticas -en cuanto a su papel de servicio público- y por la ineficacia de un poder político, tímido desde la izquierda y claramente vendido desde la derecha. No se entiende de otra manera la parquedad de las iniciativas legislativas autonómicas o municipales, así como la constante denuncia ejercida por el partido conservador contra estas leves actuaciones.

También viene a colación recordar que durante la pasada dictadura las compañías energéticas estaban nacionalizadas o intervenidas. Fue ya en democracia cuando, con la llegada del libre mercado, se produjo una privatización -seguramente innecesaria y desmedida- que no ha hecho sino incrementar salvajemente el precio de la energía y el poder de las compañías sobre la calidad de vida de nuestros ciudadanos. Se hace pues imprescindible que se vuelva a cualquier tipo de intervención que garantice estos servicios públicos a todos los hogares, sean estos ricos -que pueden pagarlos- o pobres.

Y todas estas crudas situaciones por exceso o por defecto -con ganadores que no respetan el medioambiente ni la salud o la vida de los demás, y perdedores que sufren en sus carnes la pérdida de la salud o de la propia vida- no hacen sino reafirmar el desprecio de los poderosos hacia los pobres, por mucho que el problema de escasez energética de esos millones de hogares se produzca cada año, con la llegada del frío, lo que no implica con precisión que las muertes producidas no resultan una sorpresa inesperada.

En filosofía, por muy impura que esta resulte, no se ha entrado suficientemente en cuestiones como la que hoy nos ocupa, que se creían ya superadas en los países desarrollados. Si acaso, habrá que hacer un tangencial acercamiento a los estudios sobre la calidad de vida, de los que hoy destaco el siguiente párrafo: “En la actualidad, el hecho ampliamente conocido de la degradación del ambiente y su repercusión sobre los grupos humanos, sobre todo a nivel de salud, ha conducido a reconocer que la situación debe abordarse desde una óptica social, política, económica, jurídica y cultural”.

Quizá sea esta una magnífica ocasión para recordar al Sr. Rajoy que los ciudadanos no viven de la mejora del PIB, sino de alimentos, servicios de bienestar y condiciones adecuadas de vida. De nada sirven las medias estadísticas alcanzadas si la parte más débil de nuestra ciudadanía está en riesgo de muerte.

Estándar
FILOSOFÍA IMPURA

Poder, dinero y pobreza

Traigo de nuevo el poder a esta serie de Filosofía Impura que escribo los jueves, motivado por la consolidación del neoliberalismo más salvaje que se prevé con la elección de Donald Trump.

Un neoliberalismo basado en el dominio absoluto del capital, con escasas normas de control, sobre la vida de los ciudadanos.

Así, desde lobos que parecían lobos -como Reagan- a lobos con piel de cordero -como Obama-, han cuidado de los más adinerados en detrimento de los más desfavorecidos. Una situación que se extiende rápidamente por Occidente, devaluando salarios a mansalva con la excusa de la competitividad, cuando en realidad están explotando un paro cada vez más frecuente e irreversible.

Con la explosiva mezcla de poder y dinero, se apoya decididamente una tecnología imparable que, en realidad, favorece muy escasamente a la ciudadanía, hechas sólo algunas salvedades como los avances en salud u otros de carácter social.

A pesar de parecer reaccionario, que no lo soy, me temo que la mayor parte de la investigación tecnológica está destinada a sustituir las funciones y la participación del ser humano en los medios de producción, en favor de máquinas y sistemas informatizados -cada vez más eficientes- que suplen su labor con creces. Se genera así más dinero, por ende más poder y, lamentablemente, más paro.

Yo mismo he sido testigo -en mi anterior y dilatada profesión- de cómo la modernización de las plantas de producción, se llevaba a cabo a través de la mecanización fabril y de la reducción de las plantillas. Parecerá una perogrullada comentarlo, pero es la clave de la situación actual de desigualdad social.

Se ha convertido así el puesto de trabajo en un bien cada vez menos disponible, por el que los potenciales trabajadores se ven obligados a luchar, cediendo en salario y derechos. Es la visión más injusta de la ley de la oferta y la demanda, pero situada ahora en la peor de sus aplicaciones.

Esta situación, creciente, imparable e insostenible, está consiguiendo que los más poderosos incrementen aún más su dominio de la situación económica y, en consecuencia, de la política. Aunque decaiga el bienestar tan esforzadamente alcanzado, aunque la prosperidad esté sólo destinada a unos pocos. Aunque los gobiernos no hagan absolutamente nada por equilibrar la sociedad, porque ni les va ni les viene, dominados como están por el cada vez más concentrado poder del dinero.

Y llegamos así a la pobreza generalizada, con porcentajes de excluidos sociales o en riesgo de serlo que no paran de crecer. Una situación que la derecha desprecia y que la izquierda es incapaz de gestionar, porque está por principio alejada de la dureza del capital pero, simultáneamente, no tiene herramientas para luchar contra tanta injusticia.

De hecho, la filosofía, por muy impura que parezca, lleva siglos ocupándose del estudio de esta imparable situación humana. Estudios que han aparecido mayoritariamente en paralelo a cada revolución industrial e intentando oponerse con otros tipos de revoluciones que hasta ahora no han producido el éxito esperado. Así, ya el poeta Alceo de Mitilene -Grecia, 630 aC-580 aC- nos describía el desprecio de las clases altas y medias por el vulgo y la plebe. Al igual que señalaba el poder del dinero como la causa del mal terrible e insoportable que es la pobreza, “capaz de domeñar a un gran pueblo, con su hermana Indigencia” (Mi agradecimiento al breve ensayo ‘Filosofía y Fenomenología del Poder, del profesor Francisco Piñón Gaytán, del que he tomado hoy las notas necesarias).

Queda claro pues que ante el crecimiento del poder y el dinero, con sus instrumentos de tortura social, la ciudadanía de a pié apenas ha tenido alguna que otra oportunidad de rebelarse, con actuaciones -a menudo históricas- cuyos beneficiosos resultados se han ido diluyendo en la nada con el paso del tiempo. ¿Cuál será pues el próximo gran movimiento de los desfavorecidos para salir de la miseria? ¿O el movimiento será realizado por los poderosos para deshacerse de tanta boca que mantener? Veremos. Sólo es cuestión de esperar. O de actuar.

Estándar
FILOSOFÍA IMPURA

El poder contamina

Literalmente, sin utilizar metáfora alguna. La contaminación medioambiental que sufrimos en nuestro planeta está provocada por el poder, sea este político o económico. Y la mayoría de los ciudadanos se dejan llevar, contentos con sus contaminantes bienes, aunque les falte el aire.

Hace pocos días tuve la ocasión de ver el documental “Before The Flood” (antes de que se tarde), dirigido y presentado por el actor y activista medioambiental Leonardo Di Caprio. Un documental terrible, no sólo por unas imágenes que muestran la autodepredación de la que es capaz el ser humano, sino también porque explica nítidamente cómo el poder económico -con la anuencia de los políticos- lleva su egoísmo y ansia de riqueza a niveles brutales de contaminación. Recomiendo con vehemencia ver este documental.

Mientras, los humanos, necesitados de subsistencia básica y también de caprichos, les seguimos en gran medida la corriente, usando o consumiendo productos llenos de porquería, generadores de más mierda todavía, fabricados con un derroche medioambiental insostenible.

Al poder le sale prácticamente gratis utilizar los recursos medioambientales más básicos, a la par que ganan cantidades ingentes de dinero explotando las materias primas más peligrosas para la vida.

Basta estar mínimamente informado para ser consciente del crecimiento de la polución en nuestras grandes ciudades. Una situación que las autoridades municipales -que no les incumbe abordar el origen del problema- intentan soslayar con medidas generalmente dirigidas a los usuarios de automóviles. Es como poner una simple tirita sobre un corte que requiere varios puntos de sutura.

Y en medio de este creciente y, de momento, irresoluble problema, se nos viene encima el tratado internacional de libre comercio entre la Unión Europea y los Estados Unidos de Norteamérica (TTIP), con el que el poder contaminante de los americanos se puede cargar de un plumazo los modestos avances -simplemente domésticos- conseguidos en Europa.

Bajo este tratado, las multinacionales más poderosas y contaminantes del mundo podrán imponernos el uso y consumo de su porquería, amparados además por tribunales privados de arbitraje que se situarían olímpicamente por encima de la Ley. Desde unas simples patatas fritas con aceite de palma -grasa cuya obtención significa millones de hectáreas de selva arrasadas-, hasta productos que necesitan hectómetros de agua para fabricar una sola unidad. Esto es lo que se nos viene encima, dirigido por un poder que no respeta el medio ambiente, o que está formado por analfabetos negacionistas del cambio climático.

Y en este ambiente tan impuro, la filosofía también tiene algo que decir: “El principal valor de “Filosofí­a del medio ambiente” -libro de Christopher Belshaw, de cuya reseña destaco este párrafo- es poner de relieve y argumentar de forma persuasiva que las actuaciones decisivas en materia ecológica son de naturaleza ética. La ecologí­a es una ciencia que puede proponer determinadas soluciones, pero la adopción de las mejores medidas no es algo que dependa en definitiva ni de la polí­tica ni de la dinámica del mercado. Si se dejan las mejores soluciones ecológicas al juego de los partidos o al juego del mercado, casi nunca se llevarán a cabo”.

En definitiva, pocos asuntos tan relevantes como la defensa de la vida en el planeta que habitamos merecen una auténtica revolución social. Una tarea harto difícil, porque supone nada más y nada menos que un rediseño global de nuestro estilo de vida, así como un cambio radical en la visión social. ¿Seremos capaces de abordar semejante meta? Tengamos al menos consciencia de que es cuestión de vida o muerte.

Estándar
FILOSOFÍA IMPURA

Susto y muerte

No es fácil escribir ni leer este artículo, porque trata de la muerte digna. Llevada, si hace falta, hasta su último extremo, la eutanasia -del griego, buena muerte-. Así que el que avisa no es traidor.

La muerte digna es un derecho, aunque en muchos países no se contemple. Baste recordar que aquí mismo, en España, las comunidades autónomas tienen diferentes posiciones con los cuidados paliativos de los enfermos terminales. No en todo nuestro territorio se prestan estos cuidados que sólo pretenden que un ser humano fallezca con el mínimo sufrimiento posible.

Como también conviene recordar la particular guerra del exconsejero de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, que emprendió su propia cruzada contra médicos del hospital Severo Ochoa, de Leganés, llevándoles a los tribunales por realizar prácticas sedativas en enfermos sin esperanza alguna más que la morir sin dolor. Apenas hace 10 años de semejante y carpetovetónica denuncia.

Mientras tanto, en esta Europa más o menos unida, existe igualmente división de opiniones sobre este derecho que considero inalienable. Y entre nuestros países socios, destaca Holanda por haber llevado al parlamento un proyecto de ley sobre la eutanasia, con el fin de legalizar el suicidio asistido. Tremenda distancia la que nos llevan.

Creo firmemente que en España deberíamos avanzar en este sentido, como hemos hecho antes con otros derechos civiles de los que hemos sido pioneros.

Y es que, además de morir dignamente cuando nuestras funciones fisiológicas nos van a parar para siempre, deberíamos tener el derecho de acabar con nuestra vida cuando llegáramos a la conclusión consciente de que esta carece ya de sentido.

Son muchas las personas que consideran cumplidos sus objetivos vitales, o que por puro hedonismo se niegan a vivir en malas condiciones. Y en casos como estos, u otros, puede perfectamente surgir la idea de que hasta aquí se ha llegado y que el tiempo restante sobra, por pura inutilidad, por decadencia, incluso por el propio sentido de la estética o de la ética, entendida esta última como la mejor manera de evitar sufrimiento a los que tienen que sacrificarse -renunciando a sus derechos básicos- al tener que cuidar a un simple vegetal o a alguien que entiende terminado su paso por este mundo.

En filosofía, tan impura como de costumbre -hoy más que nunca- se relatan desde antiguo suicidios llevados a cabo por grandes sabios, como ensayos actuales que contienen el quid de la cuestión: cuando el paciente está en capacidad de juzgar, se demuestra que la obligación moral de ayudar a morir a un enfermo terminal a través de una eutanasia activa es idéntica a la obligación moral en el caso del suicidio asistido. (Mi agradecimiento al filósofo Andrés Páez y a su ensayo ‘Eutanasia y subjetividad’, del que hoy he tomado mis notas)

Espero que tu madurez intelectual te haya permitido leer este escrito hasta el final, estés o no de acuerdo con el ideario de su contenido. Susto y muerte lo he llamado. Susto, porque todavía existen clichés morales en nuestra sociedad que consideran tabú el asunto de la eutanasia. Muerte, porque es ineludible, y no estaría mal que pudiéramos elegir cómo y cuando nos iremos al otro mundo. Larga vida, pero no de cualquier manera.

Estándar
FILOSOFÍA IMPURA

Condenados al olvido

Hoy es uno de esos días tan paradójicos como lamentables. Días de premio y de olvido. Simultáneamente. Y, una vez más, la Unión Europea anda por medio

Es el día en que me he enterado de que la muy valiente y sacrificada ONG Proactiva Open Arms ha sido premiada en la Eurocámara con la distinción Ciudadano Europeo 2016. Un premio claramente merecido por su esfuerzo cotidiano en los salvamentos del Egeo, aunque saque a la luz el alto nivel de hipocresía de las instituciones europeas, ante la incumplida promesa de acogida a los refugiados de guerras como la de Siria.

Excepto algunos pocos países -que sí han recibido a gran cantidad de refugiados, generando crecientes protestas de sus conciudadanos-, los demás socios de la UE, España incluida, se han llamado andana, cuando no se han declarado abiertamente contrarios a la acogida.

El asunto de los refugiados ha servido, además, como excusa para el crecimiento de diversas organizaciones de extrema derecha o neonazis, eclosionadas del huevo de la serpiente. Incluso desde el propio gobierno de Hungría, por ejemplo.

Pero lo peor de todo esto es el olvido. Ni la mayoría de los medios de comunicación ni muchos ciudadanos reaccionan ya ante el sufrimiento de los refugiados que se apiñan en campos -más o menos de concentración-, haya pasado el rigor de varios veranos o el sufrimiento durante varios inviernos. Padezcan o no enfermedades, suciedad y hambre. Queden o no condenados los niños a una vida sin futuro o a la voluntad de las mafias.

Y lo mismo ocurre con los miles y miles de muertos que yacen en el fondo del Mediterráneo, ahogados durante travesías sin las mínimas condiciones de seguridad. Ya no recordamos cuántos muertos son, ni se revuelven los suficientes estómagos de espectadores para que tenga lugar la alarma social generalizada, que tan necesaria resulta en en el caso de los refugiados.

Eso es el olvido, el ostracismo al que se ven condenados los asuntos que se repiten casi cada día, hasta crear conchas de galápago en las mentes de gran parte de la ciudadanía y, por supuesto, de los gobiernos.

Como la violencia de género, el abuso de menores, el acoso y tantas otras injustas y abominables lacras sociales, que sólo son consideradas merecedoras de atención y lucha cuando algo ocurre. Hecha la salvedad de los activistas que diariamente se baten el cobre para terminar con semejantes desastres.

En filosofía, tan impura como antes de abrir este blog, aparecen fácilmente citas dedicadas al olvido de las masacres y las desventuras, como por ejemplo “El martirio de los inocentes sin nombre se convierte en discusiones políticas, o justificaciones de unos y otros, argumentos, estrategia, propaganda… Al final, el manto de los años cubre el horror inicial, del que va quedando apenas un remedo, un reflejo de reflejos que se pierden en la nada” (Mi agradecimiento al profesor Marcos Santos Gómez, de cuyo blog ‘Educación y Filosofía’ he tomado hoy las notas necesarias).

Sí, hoy ha sido un día de paradojas. Un día en que el premio concedido no será capaz de ablandar esas mentes tan duras que nos gobiernan sin piedad. Y, lo que es peor, sin justicia ni sentido democrático alguno.

Estándar