FILOSOFÍA IMPURA

Susto y muerte

No es fácil escribir ni leer este artículo, porque trata de la muerte digna. Llevada, si hace falta, hasta su último extremo, la eutanasia -del griego, buena muerte-. Así que el que avisa no es traidor.

La muerte digna es un derecho, aunque en muchos países no se contemple. Baste recordar que aquí mismo, en España, las comunidades autónomas tienen diferentes posiciones con los cuidados paliativos de los enfermos terminales. No en todo nuestro territorio se prestan estos cuidados que sólo pretenden que un ser humano fallezca con el mínimo sufrimiento posible.

Como también conviene recordar la particular guerra del exconsejero de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, que emprendió su propia cruzada contra médicos del hospital Severo Ochoa, de Leganés, llevándoles a los tribunales por realizar prácticas sedativas en enfermos sin esperanza alguna más que la morir sin dolor. Apenas hace 10 años de semejante y carpetovetónica denuncia.

Mientras tanto, en esta Europa más o menos unida, existe igualmente división de opiniones sobre este derecho que considero inalienable. Y entre nuestros países socios, destaca Holanda por haber llevado al parlamento un proyecto de ley sobre la eutanasia, con el fin de legalizar el suicidio asistido. Tremenda distancia la que nos llevan.

Creo firmemente que en España deberíamos avanzar en este sentido, como hemos hecho antes con otros derechos civiles de los que hemos sido pioneros.

Y es que, además de morir dignamente cuando nuestras funciones fisiológicas nos van a parar para siempre, deberíamos tener el derecho de acabar con nuestra vida cuando llegáramos a la conclusión consciente de que esta carece ya de sentido.

Son muchas las personas que consideran cumplidos sus objetivos vitales, o que por puro hedonismo se niegan a vivir en malas condiciones. Y en casos como estos, u otros, puede perfectamente surgir la idea de que hasta aquí se ha llegado y que el tiempo restante sobra, por pura inutilidad, por decadencia, incluso por el propio sentido de la estética o de la ética, entendida esta última como la mejor manera de evitar sufrimiento a los que tienen que sacrificarse -renunciando a sus derechos básicos- al tener que cuidar a un simple vegetal o a alguien que entiende terminado su paso por este mundo.

En filosofía, tan impura como de costumbre -hoy más que nunca- se relatan desde antiguo suicidios llevados a cabo por grandes sabios, como ensayos actuales que contienen el quid de la cuestión: cuando el paciente está en capacidad de juzgar, se demuestra que la obligación moral de ayudar a morir a un enfermo terminal a través de una eutanasia activa es idéntica a la obligación moral en el caso del suicidio asistido. (Mi agradecimiento al filósofo Andrés Páez y a su ensayo ‘Eutanasia y subjetividad’, del que hoy he tomado mis notas)

Espero que tu madurez intelectual te haya permitido leer este escrito hasta el final, estés o no de acuerdo con el ideario de su contenido. Susto y muerte lo he llamado. Susto, porque todavía existen clichés morales en nuestra sociedad que consideran tabú el asunto de la eutanasia. Muerte, porque es ineludible, y no estaría mal que pudiéramos elegir cómo y cuando nos iremos al otro mundo. Larga vida, pero no de cualquier manera.

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