FILOSOFÍA IMPURA

Excusarse con la ineptitud

Se ha puesto de moda entre delincuentes de cuello blanco, altos cargos sospechosos de corrupción y otros mentirosos compulsivos, apelar a su ineptitud cuando la sociedad les pide cuentas, sea a través de los medios de comunicación o de los tribunales de justicia.

Esgrimen en esos casos argumentos tan peregrinos como no saber nada de lo que ocurría a su alrededor o, lo que es más grave, reconocen que no servían para un cargo que en su día aceptaron a cambio de elevadísimos salarios, ineptitud que apelan cuando ya les han cogido robando, que para esto si resultaron hábiles a más no poder.

Así, la larga lista de los autodeclarados ineptos, se cierra por el momento con la declaración ante el juez del que fuera presidente de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), Modesto Crespo, quien nos viene ahora a decir que no servía para el cargo y que sólo iba de florero. Semejante desfachatez, tras presuntamente esquilmar y hundir la CAM, tendría su gracia si no fuera por el dramatismo de la situación y de los perjuicios producidos.

Como ejemplo, bien vale una antigua anécdota vivida en primera persona y relacionada también con la CAM: como vicepresidente de la entidad para Valencia, fue nombrado un costructor que me encargaba alguna de sus campañas publicitarias. Tras su nombramiento, nos invitó a unos cuantos colaboradores a visitar su nuevo e inmenso despacho de unos 90 metros cuadrados. Lo recorrió contando los metros a zancadas y sólo acertó a decir, alardeando, “¡Aquí cabe uno de los pisos que vendemos!”. Flipado estaba por tal símbolo de poder, sin referencia alguna a sus nuevas obligaciones.

Evidentemente, tampoco estaba este constructor capacitado para presidir un territorio muy importante para la CAM y para la sociedad valenciana. Y sí, resultó un inepto para las finanzas, hasta quebrar su propia empresa.

Se hace pues evidente que toda esta caterva de ineptos que aceptan cargos para los que no están preparados -según ellos, que de todo ahí antes de llegar hasta el juez-, no son sino una pandilla de sinvergüenzas, ávidos de poder y de dinero fácil, que sólo al ser acusados por sus delitos -o por sus falacias “in vigilando”- prefieren ser mostrados como ineptos, más bien como imbéciles diría yo, demostrando así su escaso sentido del honor.

En consecuencia, hoy no habrá cita de filosofía, ni impura ni de cualquier otra clase. Sólo recomendaré la lectura de cualquier tratado que repase el pensamiento de Montaigne sobre la ineptitud, proponiendo incluso que sea asignatura obligada a todos esos estúpidos cuando entren en la cárcel.

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