LO QUE HAY

El día en que perdimos todos

Tras una larga noche de radio y pinganillo, nos levantamos con la desazón que significa la llegada de Donald Trump a la presidencia de los EEUU. Al igual que muchos nos hemos quedado horrorizados por el ánimo populista y la subcultura, que aun siendo ya viejos conocidos en ese país, han aflorado masivamente durante su larga y penosa campaña electoral.

Con el triunfo electoral de Donald Trump, no se escapa el país aparentemente más poderoso del mundo de sus profundas miserias, desigualdades, escaso nivel de formación y fanatismo de gran parte de su población. Algo así como una muestra de que el paulatino embrutecimiento de Occidente, no sólo es una tendencia en Europa, sino que está profundamente arraigado en el gran país norteamericano.

Hillary Clinton ha perdido por los pelos –léase en el sentido de poca diferencia de votos o del insufrible y anaranjado tupé del bárbaro Donald Trump- dejando en evidencia los muchos millones de habitantes estadounidenses con creencias de lo más peregrino, dejación de los derechos civiles y pánico al cosmopolitismo.

Pero esta sensación de que han ganado los brutos, se agrava al comprobar tamaña cantidad de votantes que han elegido al peor. Comprobar que, más o menos, la mitad de los norteamericanos se han salido de su mediocre sistema, causa una profunda desazón a la que sólo puede acompañar el pavor.

No obstante, aunque no debiera servir como excusa, la elección de Trump significa igualmente que el sistema occidental –tal como lo conocemos- ya no satisface a una enorme cantidad de ciudadanos, que prefieren escapar de su insatisfacción aunque sea por la más peligrosa de las puertas.

Una puerta ya abierta al más abyecto fascismo que nos arroja al escenario en el que toda esa gente, incapaz de organizarse en grupo y luchar colectivamente por sus derechos y su bienestar, que prefiere seguir los dictados de líderes que estructuran su discurso con los más bajos instintos de sus acólitos y simpatizantes.

Poco les ha hecho falta a los líderes de la ultraderecha europea para felicitar a Donald Trump, al tiempo que se habrán frotado las manos viendo reforzadas sus insolidarias posiciones. De hecho, la llegada de Trump al poder deja a Europa atenazada entre dos potencias con pretensiones absolutistas: la Rusia de hoy y los EEUU de pasado mañana.

Va a costar un largo tiempo, así como enormes sacrificios y sufrimiento, salir del embrollo en el que no hemos metido nosotros solos con nuestra pasividad. Y cuando consigamos salir, lo haremos a otro terreno con nuevas reglas de juego. Que el futuro lejano sea mejor o peor, ya se verá. De momento, hemos perdido todos.

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