LO QUE HAY

Maldita equidistancia

El auto del juez instructor del Supremo, Pablo LLarena, que mantiene en prisión provisional al exvicepresidente del Govern Oriol Junqueras, al exconseller de Interior Joaquim Forn y a los Jordis, irrumpe en campaña como elefante en cacharrería, con la temida consecuencia de que la situación de “martirio” de los citados caliente aún más a los independentistas ante las próximas elecciones autonómicas de Cataluña.

Un auto que a pocas horas de ser dictado ya ha polarizado la campaña, dando aire a los partidos constitucionalistas de la derecha, que ya han manifestado su conformidad con la decisión judicial al grito de se lo merecen. Ciudadanos -con Albert Rivera erigiéndose en adalid contra el nacionalismo, incluso hasta romper el difícil equilibrio vasco- y PP, con un García Albiol totalmente desatado en su postura más ultraderechista,

Mientras en el lado contrario, el del independentismo, y tras unos primeros momentos de angustia y descoloque, ya crecen las voces de los que se les llena la boca con la palabra fascistas mientras se preparan nuevas manifestaciones en la calle a favor de los que consideran presos políticos, que bien parece que lo son, olvidando que el caradura de Carles Puigdemont les ha hecho luz de gas.

Y en medio, en su más pura soledad, Miquel Iceta, sensato e inteligente líder del Partido Socialista de Cataluña, acata pero nos recuerda que nadie debería estar en la cárcel por el monotema. Ese lío catalán que todo lo encubre, dejando al país carente de otra información relevante y al gobierno central con las manos libres para seguir con sus desaguisados o con su inacción más lamentable.

Todo ello ante el silencio infantil de Pedro Sánchez, el constante desbarate de Pablo Iglesias -que no de sus más hábiles y sensatos compañeros-, la mareante indecisión de los Comunes o las tonterías habituales de declama Mariano Rajoy, entre las que cabe destacar sus recientes declaraciones con las que decía no comprender por qué su calle de Pontevedra tenía que cambiar de nombre, manifestándose clara y prevaricadoramente contra la Ley de Memoria Histórica y permitiendo abiertamente que se le vea el plumero.

Así, entre unos y otros, entre los que sacan al balcón desafiantes banderas de los dos lados, los ciudadanos debemos posicionarnos porque no es de recibo que mantengamos la habitual abulia política de tantos y tantos ciudadanos españoles. Menos todavía cuando nuestro país atraviesa múltiples crisis -social, económica, política, territorial y constitucional- que nos afectan a todos y contra las que deberíamos pactar unos mínimos esfuerzos de consenso para salir de esta.

En mi opinión, se hace más necesario que nunca que la Constitución Española se revise hasta el extremo de actualizarla a los tiempos que corren, reflejar con mayor nitidez los derechos fundamentales de los españoles y admitir con claridad que la diversidad de nuestras regiones -cada vez más calientes por su injusta financiación- sólo tendrá un futuro viable de convivencia si se implanta de una vez el modelo federal. Y si es bajo el sistema de república, mejor que mejor, que ya es hora de adaptarse a los tiempos.

El modelo federal -por si acaso aún es necesario explicarlo- da la vuelta totalmente a las interdependencias entre el gobierno central y los autonómicos, cambiando drásticamente el actual modelo de poder de arriba a abajo, al más conveniente y acorde a la democracia y a una fiscalidad justa de abajo a arriba. Sólo así se reconoce la soberanía de la ciudadanía. Sólo así el Estado sería más proclive al servicio a los ciudadanos. Sólo así los políticos estarían más cerca de ser auténticos servidores de la población, a quien debe sus puestos y les paga el salario.

Una Federación en la que las autonomías lo fueran realmente y se hicieran cargo del cobro de los impuestos, pagando al Estado los gastos generales compartidos por todos. Alemania o EE.UU., entre otros, así lo hacen y no parecen precisamente modelo de países revolucionarios ni bananeros.

Y más bla, bla, bla posibles y bienintencionados. Maldita equidistancia que no permite limar las garras de las dos bestias enfrentadas.

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